jueves, 9 de diciembre de 2010

EL CORREO DE LA SUERTE



Roselyn Gilbert

Abidjan, Cote d’Iviore
Africa Occidental

Querida Roselyn Gilbert: (¿O debo llamarla “muy estimada”?)

Comienzo sin rodeos: Acabo de recibir su correo electrónico. Gracias por incluirme para compartir su herencia de $3,500 millones. 

Y disculpe la crudeza, pues no estoy para rodeos. Me dice en su carta que tiene una sentencia médica de ocho meses de vida por su cáncer en el corazón. Espero no haber llegado tarde y haber podido responder a tiempo. (Wao, $3,500 millones!!!! Una “purruchá”, dicen en mi pueblo. ¡Con $1 millón me conformo! No puede ser que me haya pegado en esta lotería! Pero quién diablos será Roselyn… y de dónde la conozco…)

Gracias Hermana por sus saludos, como bien dice usted, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Se le devuelven.(Dios mío, alguien que me diga quién es Roselyn. Cuánto me tocará de esa herencia... Ya era hora, porque con este sueldo gubernamental llevo tres años aspirando a llegar al menos a ser clase media baja!)

"Le estoy enviando el adelanto que me pidió con mi nombre completo y dirección residencial y postal para que me apruebe como nuevo beneficiario de este fondo." 
Me dice usted que vive en Kuwait… (Ahora que lo pienso, no será esta Roselyn Pagán, la única Roselyn que conocí personalmente, aquella niña adelantadita para su edad, la más alta de cuarto y quinto grado y la de la falda más corta... No, no puede ser Roselyn Pagán. Esta dice ser misionera cristiana.)

Siento mucho la muerte de su esposo William. (Chico, no seas hipócrita que ni los conoces. William… William… William Gilbert, conozco a Rodríguez, Montalvo… William Elías sería capaz… pero ese sí que está vivo y sus tres esposas son misioneras. Pero Gilbert… Gilbert, de dónde los conozco, porque si la viuda y ahora moribunda me escribió es que me conoce de algún lado.)

Usted me perdona pero, para serle franco, su español no es muy bueno y no entiendo mucho cuando me dice que “estuvimos casados sin un niño mi esposo murió después de una breve enfermedad que duró sólo uno y cuatro días”. Sé que tiene que haber sido un golpe duro que se le muera el marido y uno no pueda precisar cuando fue, si fue hace un día, en un “in between” de dos días y medio o quería decir 14. 


(Qué estupidez le acabo de decir. Mejor lo borro.)

Comprendo, hermana Roselyn, que quiera repartir la herencia a falta de un hijo, pues me explica que los parientes de su marido no son cristianos y no quieren que el dinero sea utilizado por los ‘unbelievers’ esos que usted menciona. Créame, señora, mi cristiandad es incólume e insobornable y hágale caso a su marido y como le dijo, manténgase lejos de esos familiares de él. 


(Así. Sin misericordia: o les toca a ellos o te quedas sin nada.)

Menciona además que el dinero está depositado en un banco de Abidján, Cote d'Ivoire. Para serle franco ni sabía que eso existía. Pero $3,500 millones debe ser como el presupuesto de Estados Unidos, supongo.

(Me siento como cucaracha. Si malo es cuando uno no recuerda a una persona que le saluda, peor es cuando no tiene ni p… idea de quién le escribe para ‘tirarle’ con algo de la herencia. Pero es esto, o seguir comiendo espaguetis de pote antes de la quincena.) Me dice usted que desde su muerte “he decidido no volver a casarse o conseguir a un niño fuera de mi hogar conyugal”. (Definitivamente, no es Roselyn Pagán, aquella niña crecidita para su edad, visionaria y adelantada a su época.)

No le quito más tiempo. Tal como me solicita, le estoy enviando el adelanto que me pidió con mi nombre completo y dirección residencial y postal para que allá se emita la declaración jurada del Ministerio de Justicia y me apruebe como nuevo beneficiario de este fondo. Entonces, lo que resta será esperar por el contacto del banco en Abidján. 

Finalmente me conmueven sus palabras cuando dice literalmente “Quiero que tú y la Iglesia y la organización a orar siempre para mí porque el Señor es mi Shephard. Mi felicidad es que viví una vida de un cristiano digno. Quiero que mi respuesta de inmediato, ya que cualquier demora en su respuesta me dé habitación en búsqueda otra iglesia u organización para este mismo propósito. Atentamente su hermana en Cristo”.

(Tecla de SEND… y se fue.)

Y ahora, resuelto esto, y con alguna tajada de los $3,500 millones que vendrán para mi bolsillo sólo me resta hacer algo:

“Estimado patrono: Presento mi renuncia. Al momento. Irrevocable. Así que, por mí, usted ahora se puede ir al mismísimo…”


Derechos Reservados Carlos Rubén Rosario 2010

martes, 7 de diciembre de 2010

Cabellos rizados, caderas tintineantes... pies descalzos


Estoy en trance. Así me deja siempre. En medio del bullicio de aquel pub, bocinas ensordecedoras, calor y sudores, licor y desinhibiciones y conversaciones en alto volumen, allí estaba ella, otra vez, en la pantalla de los monitores.

Entonces toda mi atención se concentra en la imagen y de inmediato el mundanal ruido parece disminuir a mi alrededor hasta escucharse lejos. Las voces se vuelven casi imperceptibles, como cuando escuchas el mundo exterior estando bajo el agua. Y allí estaba yo, absorto. Mirándola, mientras la chica de los rizos rubios, la que no pide que todos los días sean de sol, se multiplicaba en los tres minutos siguientes en todos los monitores del salón.

Recuerdo que alguna vez la vi en un estadio, con boletos en arena... Bueno, en realidad vi una imagen a lo lejos en un escenario de impresionantes luces. Mi esposa había comprado dos boletos para ella y nuestro hijo, pero una fractura le impidió ir. En aquel entonces,  en que se confesaba bruta, ciega y sordomuda, su único atractivo era su guitarra y las letras de sus canciones.

Momentos antes, en el portón de acceso directo al terreno de juego, una estampida humana que empujaba para que abrieran me hizo temer morir aplastado tratando de poner a salvo a mi hijo.

Allí estábamos, el, de cinco años y yo, en mis medianos treinta, en nuestra primera salida juntos de sábado en la noche entre todas aquellas siluetas de parejas de jóvenes enamorados en la penumbra del concierto.  Pasé la velada llevándolo de silla en silla,  levantándolo en mis hombros para que pudiera ver lo que pudiera de aquella roquera  veinteañera que se veía como un punto de luz entre las sombras del mar de gente que teníamos de frente. Frustrado por la desilusión del niño, nos fuimos antes de concluir el concierto.

Ese fue mi primer recuerdo que tengo de ella, la chica que ahora me coquetea en la pantalla de los monitores... la de los cabellos rizados, la de las caderas tintineantes, la de los pies descalzos. 

Siempre le he admirado su intelecto, su labor con los niños y su capacidad para hallar la letra precisa al expresar en una métrica y en música toda la amalgama del sentimiento humano y las complicaciones del amor. Pero no es en eso en lo que pienso cuando la veo multiplicada en la pantalla. Contengo la respiración, cuando la veo danzar, contonearse, vibrar como secadora en 'jai' al ritmo de los seis percusionistas que comparten escena con ella. 

Sus diminutos senos se dejan entrever en el brasiere de lentejuelas doradas que deja descubierto la topografia de su abdomen, perfectamente delineado. Nunca había visto a nadie poner a vibrar así sus abdominales.  Los ceñidos pantalones dejan ver el contorno de sus piernas, el pecaminoso caderamen y su caribeño nalgaje.  Sobre la cintura al descubierto parece dejar caer una cadenilla que se detiene en su  ancho portento "en ríos de azúcar y de melaza".

Las manos en alto del público que la reclama, alumbrado por luces amarillas y anaranjadas,  hacen ver como si fueran ánimas en pena de aquel  purgatorio simulado. Exuda sensualidad latina al bailar. Deja soltar su progesterona por todos los poros de su hembrismo caribeño...  porque "en Barranquilla se baila así".

Es pequeña, pero da por veinte. Por momentos no parece humana. Es desafiante. Sobre todo, cuando se arquea a sus anchas sosteniéndose del micrófono de pedestal, o hace galas de su escalada por las bocinas al final de la canción esa, en la que jadea al final (porque parece asmática la niña). O cuando se le enrosca de espaldas, como gata, al cantante que le acompaña, quien también tiene que aguantar como macho cuando en un golpe le choca su pierna con un caderazo. Ella es cruel. Y punto.

Es la tortura. Ahí está en ese video en que sale embardunada como foca contaminada en aceite negro. (­¿...O será Bosco?) Es el pecado que se arrastra y se contorsiona sobre una mesa como pez sin agua. Se vuelve a culipandear sin muestra de cansancios o de arrepentimientos. Se pasa sus dedos por sobre su rizada cabellera de sereta ensortijada y pone sus manos a los lados mientras hace unos movimientos caderipélvicos, como queriendo ofrecer al espectador toda su esencia. Es salvaje.

"Sus diminutos senos se dejan entrever en el brasiere de lentejuelas doradas que deja descubierto la topografia de su abdomen, perfectamente delineado. Nunca había visto a nadie poner a vibrar así sus abdominales. Los ceñidos pantalones dejan ver el contorno de sus piernas, el pecaminoso caderamen y su caribeño nalgaje."
Las llamaradas se levantan en torno a  sus sudadas espaldas. Mientras ella sigue así, insistente, con mirada coqueta, mueve alternadamente su cintura, caderas y nalgas –en un rítmico reto- hacia atrás, hacia delante, hacia los lados... Esa cadencia, que recuerda su ascendencia arábigo-caribeña, hace que uno desee quemarse en aquel infierno simulado por luces, amarillas, anaranjadas y rojas y el delirante público de ánimas pérdidas.  Es perversa.

Y allí estoy yo. Absorto. Casi sin respirar. Inconsciente. En un letargo. Hace rato deje de jugar con el sorbeto y el hielo del refresco. La mirada rebusca, como queriendo enfocar. Como un reflejo, la ceja izquierda se tiembla en un gesto involuntario, frunzo el entrecejo y me muerdo el labio inferior. Siempre lo hago, cuando me pongo en estas condiciones.

De momento escucho un "¿Y quééé? Helloooo! Bájate de la nube". 


La voz me suena familiar y el chasquido de los dedos frente a mi cara me saca de dudas. Vuelvo a mis realidades y me incorporo. "Yo se que no he sido un santo.,.", se deja escuchar en las bocinas de los monitores.  


Estoy con mi esposa y amistades de toda una vida que se ríen de mi embeleso.

Allá, en una esquina, una cantante frustrada con voz desentonada está lista para disfrutar sus cinco minutos de fama en el karaoke. Me fijo en el monitor. "Hips Don't Lie", va a cantar la aspirante a estrella. "Ni a los tobillos le llega", pienso.  


Y la noche sigue su curso. Ya no está la chica del sandungueo indomable en los monitores, esa, la del nombre que en hindú significa "diosa de luz" y en árabe "mujer llena de gracia".

La estrella de turno del karaoke jura que se la está comiendo. Atrevida que se vuelve la gente a esa hora de la madrugada. Imitaciones no faltarán.  Pero bien lo dijo García Márquez al describir a la colombiana: "Es una artista de estilo propio, original". Y es que ninguna es como ella, la chica de la pantalla del monitor... la de los cabellos rizados, las caderas tintineantes y los pies descalzos.

Punto final. Y aquí estoy, terminando una historia que tantas veces pensé. Solo en la sala, en el silencio de la noche y la soledad del desvelado, tomo el control remoto y veo por unos minutos más el video que había puesto en la modalidad de cámara lenta, para no olvidar un solo detalle de lo descrito en esta crónica.

¿Hace calor o soy yo?  Es hora de acostarse... Este "up" hay que bajarlo y me hace falta una ducha fría.


Derechos Reservados Carlos Ruben Rosario 2010

lunes, 6 de diciembre de 2010

REBUSCANDO ESQUELAS

Cada día releo las esquelas, cada día me sorprendo más. Aún no han impreso mi nombre en ellas.

(Angelina Muñiz Huberman)

De pequeño, cuando el teléfono sonaba en casa, mi padre, sin levantar la vista de lo que estuviera haciendo, presagiaba: “Esa es tu abuela. Tiene que haberse muerto alguien…”. Y muchas veces acertó. Sucede que el esposo de mi abuela tenía una extraña costumbre de ir a cuanto funeral había…

Eso no me hubiese importado de no ser porque hasta allá me arrastraban… 

Recuerdo aquellos tiempos de sepelios a pie, estar entre una muchedumbre compacta con los más ancianos vestidos de sombrero y camisa blanca y las señoras con abanico de cartón en mano, vestidas de blanco y negro. Las más liberales con algún lila clarito. 

Las mujeres de mi familia siempre hurgaban las esquelas para ver quiénes se habían sacado el sorteo celestial… o a quién habían mandado al infierno. Y eso era motivo para la llamada diaria. Mi abuela tenia un ropero antiguo de dos puertas en cuya parte interior pegaba las esquelas.

Pero eso no es todo: si se moría alguien, por tres días no se escucha radio, ni se veía televisión y hasta los espejos se tapaban... y por si fuera poco, había que hablar casi en cuchicheos.




Así como lo lee. Lo macabro de mi niñez no termina ahí. En mi preadolescencia nos mudamos a una casa de pueblo, justo al lado de una funeraria. Bueno, en realidad, no era una funeraria, porque allí no velaban a los muertos. Era un local en donde en su salón de entrada que daba a la acera vendían coronas y en la parte posterior, preparaban los cadáveres para llevarlos a la funeraria a un par de cuadras de allí. (No recuerdo que ahora uno pase por la acera y se encuentre un local donde vendan coronas de muertos.) 

El salón donde preparaban los muertos daba justo a la ventana de mi cuarto en el segundo piso de la casa vecina, interrumpida la vista sólo por las ramas de un árbol de tamarindo entre los dos locales. Yo, que siempre me acuesto de cara a la pared y, en aquellos tiempos de ventanas abiertas sin acondicionador de aire, me acostumbré a quedarme dormido viendo la preparación de los cuerpos, lo que llegué a ver como lo más normal del mundo.

Ese es el trasfondo, señor psiquiatra, de mi extraña fascinación por leer esquelas. Es más, me muero por leerlas. Se podría decir que algunas son prácticamente obras literarias. Mientras otros hombres saltan a la sección deportiva al leer un periódico, yo paso de las noticias a las esquelas. Curioseo las historias que pueda haber tras de estas. Miro los nombres, busco los apellidos… y lo que es peor, en los periódicos regionales me fijo en las edades de los difuntos, por aquello de ver si hay algún contemporáneo… Ya esto último no me da gracia. Porque antes, eran tan pocos… Y ahora son cada vez más los cincuentones. En estos tiempos, morir a mediana edad se ha vuelto uso y costumbre.

Pero a lo que iba: me fascina leerlas. Cerca de las elecciones, vi una que leia que antes de morir el difunto pudo dar su voto al Partido Popular. Me intriga saber las circunstancias de su ‘lamentable partida’ y sugiero a los periódicos que si quieren vender más, no obvien incluir ese detallito…

Pero hay una esquela, que aparece cada 29 de junio y 13 de agosto…. Es a nombre de un niño, identificada con sólo su nombre, sin su apellido. El mismo nombre del menor de mis hijos. Y la escribe el padre. Nunca aparece el nombre de la madre, ni de otro familiar. Sólo un padre que lleva ese dolor por años. Es el dolor de comprar un helado a su hijo -según recuerdo que lee- y al voltear la vista en la carretera ver que se lo arrebató la muerte. Se firma sólo como “Papá” y la pauta dos veces al año: en el aniversario de muerte de su pequeño y en la fecha de su cumpleaños. Ese dolor que se repite cada vez que pauta la esquela merece mis respetos porque parte el alma.

Por mi facilidad para la escritura, alquna vez redacté esquelas, como parte del trabajo de Director de Publicaciones de una Universidad…Fue la misma universidad en donde en mi primer día de trabajo supe que le habían enviado una corona mortuoria a una empleada, sin haberse muerto aún. Gracias a Dios no tuve que ver nada con eso. Pero bien dice la Ley de Murphy: Si algo puede ser peor, se pondrá peor.

Digo esto porque una vez me mandaron a preparar una esquela para la esposa del Presidente de la Universidad que estaba por estirar la pata. Me instruyeron a guardarla hasta que sucediera lo peor. Pasaron las semanas y nada. La moribunda no se rendía. Un día, en mi ausencia, no sé quien murió y necesitaban un ejemplo de una esquela. Alguien busco en mi computadora la susodicha esquela para tomarla de ejemplo, con la mala pata de que desde la agencia de relaciones públicas se llamó a la Oficina para preguntar quién había muerto. La secretaria no sabía, por lo que intentó preguntar y alguien le dijo que en la pantalla de mi computadora había una esquela. Sin encomendarse a nadie, informó erróneamente la muerte de la esposa del Presidente. Allá en la agencia donde estaba reunida la plana de la administración universitaria evaluando una campaña publicitaria, la Junta pidió un minuto de silencio. Supe que poco después se enteraron del malentendido, antes de que se llegara a publicar la esquela de la moribunda.

También, en cierta ocasión, uno de los decanos tenía que despedir el duelo de un profesor y me pidió que le escribiera una nota. Yo ni siquiera conocía al profesor. Pero me fui en uno de esos viajes mentales frente a la pantalla del monitor en blanco. Imaginé la despedida de duelo, las personas alrededor, arboles remeciéndose con el viento… la lluvia que mojaba las coronas de flores, la blanca paloma que revoloteaba cerca del académico despedidor de duelo, los familiares llorando… Y escribí. Cumplí la encomienda. De más está decir, que aquel hombre –buena gente, pero lameojos- regresó triunfante del cementerio a la oficina, como si en vez de despedir un duelo hubiese ido a recibir una millonaria asignación de fondos. Todo porque el Presidente de la Universidad le elogió el texto de la despedida del duelo.

Cuando comencé a trabajar en periódicos, me llevaron al taller para conocer a los emplanadores de páginas. Hombres que entre comentarios jocosos, sones cantados al aire y la transmisión radial de las carreras de caballo, pegaban en cartones el material y los anuncios que conformarían las páginas del periódico del día siguiente. Al fondo, en un alto taburete de esquina, medio oculto a todos con la cara casi metida en el cartón, estaba don Quiño, el hombre que montaba las esquelas. Todo un personaje misterioso. Siempre tenía un gabán verde en polyester, camisa sucia al cuello y los puños, pelo rizado engomado con Halka. Era de mirada esquiva y rostro pálido que parecía no tener sangre en la cara. Y por si fuera poco, tenía una gran joroba. Era como un personaje de Boris Karloff o Bela Lugosi. Nunca supe el por qué de la relación entre aquella lúgubre fisonomía con sus funciones de levantador de esquelas. No hablaba con nadie. Sólo lo esencial. No miraba alrededor. Siempre estaba concentrado en su trabajo de diseñar las esquelas. Nunca conocí a compañero de trabajo que haya tenido conversación con aquel hombre. Almorzaba, si, aquel ser que no parecía humano comía sólo siempre en la misma mesa: la inmediata a la derecha pegada a la puerta de entrada de la cafetería de Telemundo. Nunca vi a nadie al que se le sirviera semejante paila de arroz.

Para mí no quiero esquelas. Aunque me gustaría tener una con humor, como aquella en la que los amigos del difunto escribieron: “Manolo, no nos esperes levantado, que ya iremos llegando.” Para qué pagar por eso, digo a mi futura y querida viuda, si ya las redes sociales las noticias se riegan como pólvora y además si, como ya he instruido mil veces, todos mis órganos serán donados. Y la morcilla que me quedé, hablo de toda la tripa interna, será cremada para ser regada sobre las raíces de un árbol que será plantado en el patio trasero de la casa, para que a su sombra jueguen mis nietos.

Los comediantes Groucho Marx y Ramón Rivero (Diplo) tienen escrito en su tarja lapidaria: “Perdonen que no me levante”. Yo no quiero tarjas. No sea que a alguien se le ocurra escribir: ‘Aquí yace un hombre contra su voluntad, que le gustaba leer esquelas. Se lo disfrutaba. Las leyó todas, toditas… menos la suya’.

Derechos Reservados Carlos Rubén Rosario 2010

DEL CRISTAL CON QUE SE MIRA

De pronto el mensaje en mi apartado de facebook captó mi atención. Leía: “Si hubieses llegado en febrero, como se suponía, ahora no me dolieras tanto… 

Por favor, haz tu visita rápido”. La seca oración escrita de entre la nada, sin un punto de referencia, me caló hondo. De repente, me sentí como si yo fuera el culpable. La autora de las líneas es una ex compañera de trabajo cuya vida dio un giro de 180 grados al aceptar cambiar su labor de periodista radial en algún punto del Caribe por una oferta de trabajo como maestra de idiomas –literalmente- al otro lado del mundo, allá donde Anna fue también a dar clases a los hijos del Rey de Siam. 

El hecho de estar ella tan lejos y recriminar a alguien que aparentemente viajó millas y millas salvando quien sabe cuántos obstáculos para finalmente estrujárselo así en la cara y encima de todo decirle que de media vuelta y se vaya por donde vino, me indignó. Lo confieso. 

Por un momento me puse en el lugar del susodicho y me preguntaba, de dónde sacó para el pasaje, cuanto le costó el precio del boleto con escalas de un viaje en avión de todo un día con su respectiva noche... llegaría de sorpresa y la sorprendió con otro que se le adelantó… Tiró las flores al piso o sencillamente dio media vuelta ante la mirada de suspicacia que por naturaleza tienen los orientales? Se dijeron algo entre gritos y lagrimas, mientras el achinado al fondo lo habrá confundido con un vendedor de flores, sin entender lo que decían… 

“Si hubieses llegado en febrero, como se suponía…” Eso me hizo identificarme tanto con él. Quiero decir, yo nunca, pero nunca –enfatizo-, tuve buen ‘timing’ en esos asuntos. Jamás llegué temprano o a tiempo. En eso tengo medalla de oro. Siempre estuve atrás en esos menesteres. Por eso, aquellas palabras me hicieron ver desfilar tres décadas de mi cincuentenaria vida ante mis ojos… Pero la otra parte, el final de la línea me hacía identificarme con ella, con su sufrir… “… ahora no me dolieras tanto” Nótese el intervalo de tiempo que pretende subrayar entre el febrero que se suponía y el caluroso julio de la implacable sentencia”.

"'Si hubieses llegado en febrero, como se suponía, ahora no me dolieras tanto… Por favor, haz tu visita rápido'. La seca oración me caló hondo. De repente, me sentí como si yo  fuera el culpable."
Sucede que la discreción es una de mis virtudes. (Y la humildad, también). Pero a uno que le gusta esto de hilvanar historias, no se puede quedar así como así después de leer esto. Además no podía dejar de pensar en ese enamorado al que ni siquiera le pidieron por favor –sino le ordenaron- hacer su visita rápido y que en ese momento al otro lado del mundo estaría determinado a cumplir con la petición, parado en la baranda de un puente mirando las embravecidas aguas del río Mekong decidiendo como tirarse, no sin antes escribir en su nota final a los suyos la razón de por qué tomo la decisión fatal allá, en el Paralelo 38, cuando lo hacían por acá vendiendo su mercancía en el mercado orgánico, con su alborotado pelo rizado, sandalias y mochila a la espalda. 


Confieso que las palabras me enamoraron. “Si hubieses llegado en febrero, como se suponía, ahora no me dolieras tanto…” Las imaginaba dichas por Lauren Bacall, Janet Leigh, Grace Kelly en una de aquellas películas en blanco y negro, mientras yo atento en la penumbra humedecía el popcorn bebiéndome las lágrimas.Es más, llegué a imaginar la lapidaria frase escrita en marcador rojo en las lozetas de un baño de mujer… como el epitafio de un amor que murió en la meta en una carrera de miles de millas, cara descompuesta, flores en la mano derecha, maleta en la izquierda y ella, con un chino atrás. 

No pude más. Un par de minutos mas tarde, dejando la discreción a un lado, le escribí una línea: “Me encanto esa frase literaria…” Vacilé en seguir escribiendo. Siguiendo el impulso terminé: “Déjame saber cómo termina la historia.” Tecla de ‘send’.La respuesta no se hizo esperar: La casi treintona amiga definitivamente no cree en los paños tibios: “No es lo que imaginas. Es algo natural como desagradable que nos pasan a nosotras las nenas”.

Uppss! No sabía si suspirar de alivio, sonrojarme o sentir vergüenza por el entremetimiento… No le respondí. Bueno que me pase.

Derechos Reservados Carlos Rubén Rosario 2010

domingo, 5 de diciembre de 2010

DOMINGO, A LAS TRES EN PUNTO


La noticia comunicada por una compañera de trabajo mediante un correo electrónico, primero me produjo un sobresalto, seguido con una sensación aún indescriptible. No digo incredulidad, porque en mi interior siempre supe que más temprano que tarde tendría que enfrentarme a la noticia.

“Murió don Enrique Laguerre”, leía.

A medida que pasaban los minutos, esa sensación fue transformándose de la aceptación a la reflexión y de ahí a la satisfacción de saber que quien moría, además de dejar tras de sí una huella innegable en la literatura de este país, me dejó en lo personal como herencia la satisfacción de haberle servido.

A medida que escribo estas líneas, me surgen a raudales los recuerdos de Laguerre que, como muchos de nosotros, datan de mis años de escuela superior en la Manuela Toro –en Caguas- cuando mi maestra Ana Ramos nos asignó leer su obra cumbre “La Llamarada”.

Pero hoy no hablaré del literato. De eso se encargarán otros. Sino de don Enrique, el crítico social, el que me dejó conocerle aún más en nuestras extensas conversaciones telefónicas, en las que le servía a modo de sus manos para que pudieran ser publicados comentarios editoriales en la prensa local, una relación que fue fortaleciendo por los pasados tres años, domingo tras domingo, a las tres en punto de la tarde.

Anteriormente, a sus más de 90 años, don Enrique enviaba al periódico El Vocero sus columnas escritas a mano, en paquetes de cuatro o cinco colaboraciones, escritas en papeles sin líneas que dejaban al descubierto la curvatura –unas veces ascendente, otras descendentes- propia de una persona a la que sólo le quedaba un asomo del don de la vista. Como Editor de Opinión, yo estaba a cargo del recibo de sus trabajos.

Sin embargo, esas colaboraciones se interrumpieron por un breve período hace tres años a raiz de que un accidente casero que tuvo, una caída que a sus 97 años en ese entonces, y ciego, lo dejó con incapacidad para escribir.

Al conocer del hecho, semanas más tarde, reflexionaba en casa sobre lo injusto que sería que su palabra escrita tuviera que silenciarse y le llamé para proponerle llegar una hora antes a mi trabajo y tomar el dictado de sus colaboraciones. Se alegró mucho, supongo que sorprendido del ofrecimiento. A tal grado fue que en una ingenua reacción me propuso pagarme por ello, lo que naturalmente no acepté por ética personal y por ética periodística. El honor que me confería al aceptar mi propuesta y la satisfacción que poder servirle para escribir en sus últimos años de vida han sido mi mayor recompensa.

Al principio, sinceramente, temí sobre las consecuencias de mi propuesta en la cargada rutina de trabajo. Pero era parte de mi labor como editor de columnas editoriales, y sin encomendarme a nadie, comenzamos la tarea.

Sólo los compañeros más íntimos de la redacción conocían de esto e, incluso, son muchos los que se enteran ahora por las circunstancias de su muerte. Traté de hacerlo en la mayor confidencialidad, porque todo fue el resultado de un ofrecimiento íntímo y personal al escritor.

 

Aún recuerdo mi asombro cuando en poco más de una hora terminamos el dictado de aquella primera columna y ante la fluidez de sus palabras y claridad de pensamiento, le pregunté si el tenía un esquema escrito. Me respondió que hacía un bosquejo mental del tema y sólo apoyado en eso me dictaba. Esa claridad de pensamiento le permitía en ocasiones hacer varios escritos en serie sobre un mismo tema, -que hilvanaba domingo tras domingo- recordar datos precisos de fechas, lugares y personas y mantener la línea de pensamiento expresada en columnas anteriores.


El trato estaba hecho.


En adelante, como un ritual, la cita se fue repitiendo semana tras semana, domingo tras domingo, a las tres en punto, so pena de una llamada de su parte, poco más tarde de esa hora si me retrasaba tan sólo unos minutos. Y como un ritual, además, llegada la hora me retiraba a una oficina apartada de todo ruido externo que le molestara, con el fin de que pudiera concentrarse en sus planteamientos. En ese momento, nada de otras llamadas, reclamos o interrupciones de trabajo.


Sólo una vez tuvo que faltar a nuestra cita por razón de un virus que le aquejó, pues ni aún a sus citas a otros lugares a esa hora, como unos recientes viajes a su natal Moca o a Cayey, le permitían faltar a nuestros encuentros telefónicos.

"El honor que me confería al aceptar mi propuesta y la satisfacción que poder servirle para escribir en sus últimos años de vida han sido mi mayor recompensa."
Era una conversación que se extendía por hora y media, en la cual don Enrique no cesaba de sorprenderme con su claridad de pensamiento y con su conocimiento cabal del debate diario de la política actual, la realidad económica y las luchas sociales.


Tras tomar dictado, me pedía que releyera el escrito y le gustaba que lo hiciera con naturalidad, como si estuviera hablándole.


Siempre valoré que un escritor de su calibre, sin duda el mejor novelista que ha tenido el País y nominado para un Premio Nobel en Literatura, me preguntara religiosamente mi opinión sobre el escrito. Y escuchaba mi opinión en silencio. Me hacía sentir que la valoraba. Ajustados los últimos detalles, entonces hablábamos sobre temas cotidianos, cosas de este pueblo que como él me dijo hace un par de semanas “se morirá de nada”.


Fiel defensor de la lucha ambiental, me decía que quería dejar claro su llamado firme y urgente a velar por una mejor planificación urbana. En sus columnas también criticó duramente la pasividad del gobierno ante la proliferación de edificaciones como las que nos privan de un paseo con vista al mar en la zona turística de San Juan. Evadía mencionar nombres pues, según él, no hacía falta. Pero sin entrar en ataques, no le faltó además la crítica a la politiquería que nos ahoga. Me atrevería a decir que murió triste y defraudado por esto.


Estaba al tanto del más mínimo acontecimiento, pues según me contaba, era un fiel oyente de los programas radiales de discusión diaria. Diariamente, en las mañanas, esa era su ventana al mundo que le nutría sus ideas para sus trabajos editoriales.


Y finalmente, con un “muchas gracias, Carlos” de su parte y un “mucha salud, don Enrique” de mi parte, terminaba ésa, su lección magistral semanal, privilegio que por mi parte agradecía a Dios en mis oraciones.


Hace escasamente dos meses, don Enrique me dio una grata sorpresa cuando me hizo llegar a la redacción del periódico una colección de toda su obra literaria, dedicados cada uno de sus libros con un breve mensaje de afecto. Se tomó el tiempo y tuvo la delicadeza de redactar una pequeña dedicatoria, distinta, en cada uno de ellos.


En un par de días regreso a mi rutina de trabajo, después de un breve descanso de dos semanas y seguramente extrañaré nuestra puntual cita: el ritual de domingo, a las tres en punto.


Fue un privilegio haberle servido, don Enrique. Se lleva en su equipaje la satisfacción del deber cumplido. Nos deja su palabra y un llamado a la reflexión de hacia dónde vamos como pueblo. Y de mi parte, gracias por permitirme el honor de ser sus manos, un honor que llevé siempre como una encomienda del Todopoderoso, que seguramente hoy le recibe en el Reino de los Cielos.


San Juan de Puerto Rico
A 16 de junio de 2005


© Derechos Reservados Carlos Rubén Rosario 2010

lunes, 29 de noviembre de 2010

FOTOS Y RECUERDOS


A la pregunta obligada de que llevaría conmigo si tuviera que elegir un solo objeto material, diría casi sin pensarlo: fotografías. Y es que siempre he tenido una fascinación cautivante por los retratos, en el afán de capturar recuerdos.



Este gusto se remonta a mi infancia, cuando buscaba las fotografías que conservaba mi madre, aquellas a las que invariablemente le recortaba sus bordes con una tijera de corte aserruchado, de esquinas que nunca lograba cuadrar y en ese afán terminaba por reducir las fotos al mínimo. Por extraña razón aquellos retratos de antes tenían en el dorso, al centro, un número escrito a lápiz. Las guardaba en viejos álbumes desorganizados y mal cuidados, de plásticos protectores doblados por quien no tiene cuidado al cerrar ese valioso cofre de tesoro.



Mi abuela en eso era más cuidadosa, si es que se puede decir así. Ella las pegaba en el panel interior de las puertas de un antiguo ropero con espejos exteriores. Abrir aquel ropero era como entrar a un mundo mágico, de rostros irreconocibles, pero cada uno con una historia fascinante. El problema estaba en que al no caber ya en las puertas, también las ponía en las paredes y había que mover la ropa para ver la extraña colección de rostros irreconocibles para mí. Allí pasaba largo rato, contemplando aquellas rarezas de tonos grises y sepia colocadas entre recortes de amarillentas esquelas fúnebres…

Curiosamente en aquellas fotos nadie sonreía, como si fuera un sacrilegio sonreír. Siempre recuerdo dos que por su mayor tamaño sobresalían de entre todas: la del elenco de primeras figuras de las novelas de televisión de aquella época en alguna ya no tan reciente representación teatral en el Alcázar de Caguas (Esteban de Pablos, Walter Mercado, Alicia Moreda, Elín Ortiz y María Judith Franco, sólo por mencionar algunos) y la del presidente Kennedy y su esposa Jackie junto a Muñoz y doña Inés en la cena de gala en La Fortaleza durante la visita del presidente estadounidense a Puerto Rico en el 1962.




En aquellas viejas fotografías mi abuela estaba irreconocible. No era aquella regordeta de nariz achatada que me pagaba a chavo cada cana que le arrancaba de su bien cuidada y corta cabellera, sino que hablaban de una juventud al parecer de hambrunas y rostros sombríos. No de la comodidad de aquella casa sino de otras casas con paredes de zinc y madera mal colocada a modo de remiendos, con algunos de sus nietos, mis primos mayores en rígida posición militar a su lado. “Juventud”, decía ella. Pero yo la veía en aquellas imágenes hecha un saco de huesos, con tres melechas de pelo largo, aunque los incipientes rasgos no me mentían: aquélla era mi abuela. Así fue como no tuve duda de que ella vivió sus tiempos de miseria, sin afán de exagerar, tal como nos decía cuando nos sentaba a su lado a contar historias. 



Años más tarde, me topé con las fotos que trajo mi padre consigo en una cajita de metal cuando decidió asentar su andar por la vida y establecerse finalmente en la casa… En aquéllas –muy pocas, por cierto- tampoco había rostros alegres, ni sonrisas. Eran de sus años en la guerra de Corea y el desembarco de Normandía. Mostraban soldados con mascaras de gas, despojos humanos y cuerpos mutilados... A quién se le ocurría llevar una cámara para el campo de batalla!!! Tampoco había nada de rostros familiares, sino de sus parientes, los que yo no conocía o simplemente de él, de mi padre, acostado en una cama de hospital sólo dejando ver su cara, porque su cuerpo era un almacigo de carne y hueso envueltos literalmente en un caparazón de yeso, desde el pecho a los pies.



Quizás fue ese descuido de los míos al conservar sus fotografías lo que me llevo un día a comprar un álbum y comenzar a rescatar las mías, las que hablaban de una niñez lejana con una madre que fue padre y que nos crió en casas de segundo piso, nada de patios, en el pueblo de Caguas. Imágenes en la que faltaban los amigos que tienen todos en la niñez, o las actividades deportivas o el pasadía a alguna playa. Al mi mama no saber guiar y vivir en la segunda planta de algún bar, nuestro mundo eran las cuatro paredes de la casa.




"Me maravilla ese intento de robarle al tiempo ese rayo de luz convertido en imagen, perpetuar en una realidad tangible lo que alguna vez se llevó el tiempo y que algún día, tarde o temprano, de no ser por eso, moriría en nuestra memoria."

Eso sí, nunca faltó una fiesta de cumpleaños, excelente excusa para sacar la cámara grandísima con lente de acordeón y su moderno “flash quema-dedos” que cuando no estaba en la casa, reposaba en el estante de alguna casa de empeño. Y allí estaba la foto. El escenario era el mismo: el dedo de mi madre en primer plano y lo que parecía ser la celebración al fondo. En mí no faltaba ese día estar de traje y corbata con pantalón corto. Mi hermana se llevaba la peor parte: traje de volantes con diadema ‘clavada’ literalmente por encima de la pollina mal cortada. Mi hermano siempre se salvaba de la situación, porque al nacer en un Día de Reyes nunca se le celebró un cumpleaños.



Con el correr de los años, coleccionar fotos y recuerdos se convirtió en una práctica que más bien rayaba en la obsesión. Me maravilla ese intento de robarle al tiempo ese rayo de luz convertido en imagen, perpetuar en una realidad tangible lo que alguna vez se llevó el tiempo y que algún día, tarde o temprano, de no ser por eso, moriría en nuestra memoria. 


Y es como si al contemplar cada una de las piezas, se pudiera recuperar el tiempo ya pasado, las voces de los que ya no están, la caricia que se llevó la muerte…

Recientemente, me rendí a los avances de la tecnología digital. Capturé con una cámara cada una de las imágenes de poco más de una decena de álbumes de familia. Decenas, cientos, miles… Atrás quedaron las fotos impresas, porque los tiempos cambian… Finalmente cerré los pesados álbumes, vejestorios de un pasado aún al alcance del recuerdo, y los guardé en la parte más recóndita del closet familiar. Es como cerrar un capítulo de la vida de uno.

A aquellas fotos viejas, ahora se añaden la de la familia que formé, las mismas que al momento de escribir estas líneas se asoman una a una en un recuadro de la pantalla del computador en desfile sincronizado, las que hoy ya no se conforman con estar en aquellos álbumes de paginas con pegamento y cobertura de plástico, las que no tienen que estar impresas porque, a pesar de mi recelo, viajan por el espacio cibernético –remozadas por cierto- para ser compartidas por conocidos y desconocidos y ser comentadas y celebradas por los invitados y los no invitados.

Ver fotos, es como ver pasar la vida año tras año, y mas allá se intenta escudriñar en los antepasados aquellos rasgos que de ellos heredamos. Gracias a esas fotografías, hoy se que mi padre alguna vez se dio la vuelta por mi casa en mi infancia, que mi madre siempre dio el todo por el todo para mantenernos felices con lo que se podía, que siempre se empeñó en vestirnos iguales, -y lo que es peor, de vaqueros, para ir al parque Muñoz Rivera. Hoy, aquellos hermanos que tanto peleábamos de pequeños, no perdemos oportunidad para posar en un solo abrazo.

Gracias a la fotografía conservo la imagen de aquella novia primera y también la de aquel primer sentimiento. Rostros que ha borrado el implacable tiempo en ellas, en mí, en todos nosotros. 



Son esos recuerdos en cartón los que nos retratan en uniforme escolar o en la vida universitaria, como testigo de nuestros años de formación, ajenos al hecho de que hoy en nuestra vejez algunos de aquellos compañeros son ahora nuestros hermanos. Son esas mismas fotografías las que hoy tenemos de pretexto cuando nos apetece una reunión de esos hermanos de toda una vida. De cada una hay un nuevo comentario acompañado de renovadas risas al recrear vivencias. Y eso podremos repetirlo mil veces, como si fuera la primera vez. Ahí están también capturados aquellos inolvidables momentos en que llega el amor definitivo. Ese al que le entregas la vida al sentar cabeza y, con él la llegada de los hijos. Quién no ha cargado con una cámara a la sala de partos para cuando llegue el momento de la verdad, caer desmayado y de lo que pudo ser la imagen del nacimiento de su hijo resulta ser la del techo de la fría sala. 


Por suerte en mi caso, el pediatra se encariñó conmigo e hizo de fotógrafo, quizás para no repetir la experiencia de otros padres y de la que ya estaría harto de los lamentos por la foto jamás capturada.


En ellas quedan plasmados nuestros primeros logros profesionales y la grandeza de esos cinco minutos de gloria a los que todos tenemos derecho. Es en esas imágenes que se perpetúan las miradas, la expresión y las sonrisas de aquellos que ya no están. Las que finalmente nos hablan de la cabellera que se fue, de las canas que se asoman, de las arrugas que te hablan del implacable destino.

Quizás con esto busco dejarles a mis hijos el legado de esas memorias y les imploro porque aprecien su valor para que los hijos de sus hijos conozcan de sus antepasados, de nuestra historia familiar. Algún día mis hijos repetirán esta historia y hablaran también de esos vejestorios en aquello que le llamaban “digital”, pero que contrario a las viejas fotos de mis padres y mis abuelos en que se imponía la seriedad y tener la cara larga era obligación, éstas hablan del valor de la familia y de la “chispa de la vida”: de abrazos, risas, alegrías, triunfos, esperanzas, amistad y amor…



(22 de julio de 2009)


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