jueves, 31 de marzo de 2011

"FREAKY FRIDAY"

Extraña noche de viernes.  Parecen lejanos aquellos tiempos en que uno se preparaba a salir mientras escuchaba en el componente  Lafayette Hi-Fi con Eight Tracks  con sonido cuadrafónico “Friday, Thank God Its….. Fridayy, Fridayy, Friiiiidaayyyyyy………..”

Y es que rara vez estoy solo en casa y menos una noche de viernes. El mayor está en una grabación en la Universidad. Vendrá de regreso con su madre que hoy estará trabajando hasta tarde. La nena de casa … esa salió a la abuela paterna. "Activista sociocultural". No se pierde un bautizo de muñeca y si la dejan, llena la agenda de todo el fin de semana. No niego que se faja estudiando para eso… A ella la acabo de dejar en el Colegio, -que me tiene el bolsillo hecho sangre- en donde esta noche tienen una actividad de Cine Bajo las Estrellas. La cartelera de películas ya la ha visto, pero eso no importa. Qué va a importar, si sólo el iluso Principal cree que van a ver las peliculas.

El del medio de casa tomó otro rumbo: una competencia de talento estudiantil en el Coliseo. Saben que tienen hasta las 11:00 p.m., así que aprovechen la oferta.

Tras dejarlos en sus respectivos "compromisos socio-culturales", por fin llego a casa y me doy cuenta de que estaré solo… Intento evitar los temores. Pero me da cierto cosquilleo frío. No puedo evitarlo. Pienso que hace tan sólo un par de horas  encontraron muerto a un ex compañero de estudios y de profesión. Estaba solo en su casa, como yo ahora. Aparentemente un infarto fulminante lo sorprendió mientras leía un libro en su cama y masticaba un chocolate. Supongo que con el acondicionador de aire prendido… hacía ya cinco días, según estima el fiscal.

Me cocino un hamburger y pienso en esas ironías. “Tranquilo… Tú estás bien", me digo, a pesar de que apenas estoy recuperándome de una bronquitis y que cada ocho horas tengo que repasar la dosis de cuatro  pastillas, un jarabe, dos rociadores nasales y un inhalador bucal recetados.  Y encima de eso, me encontraron la presión por las nubes. Que ya ni siquiera puede darse uno un palo de NyQuil para dormir cuando se está acatarrado porque le sube la presión.

En este silencio, mientras arreglo la mesita frente al televisor y el "hamburger" está a punto del primer mordisco pido a Dios que los míos estén bien, donde quiera que estén. Es inevitable pensar en la fragilidad de la vida…  

Los hijos parecen no entender esto. Cada vez que nos dicen, “mañana hay tal o cual cosa”, se queda uno con un taco en la garganta y es la misma agonía… Las cosas no están para salir, pero es que se las inventan en el aire. Usted me dice que sea realista, pero tampoco uno puede encerrarlos. La mamá me acaba de llamar y me preguntó por ellos, que si cómo estaban, que si se fueron bien, que si les dejé dinero para que coman algo si se antojan. “Si, si… si, tranquila, chica. Están bien”, le contesto con la misma letanía.



Lo que no sabe es que contrario a cuando ella está, -que me hago el desentendido, lo confieso- ahora yo soy el que me pongo histérico con ellos. Los miro  por el retrovisor ya a punto de dejarlos en sus actividades y empiezo la cantaleta.

“Bueno, Dios los bendiga… Se portan bien. Recuerden  dejar el teléfono conectado… Hey, no lo apaguen por si tengo que llamar…  Estén pendientes, que a veces el ruido no deja escuchar si uno los llama….  ¿Oyeron? No tomen Coca Cola de nadie que les ofrezca… ¿Se llevaron el dinero? … ¿Se llevaron el dinero? ¡!!Ustedes no oyen!!!!”

Freno de repente para que reaccionen. “Qué pasa, Pa”

“Caaaarajo, quítense los condena’os audífonos que llevo rato hablándoles y creí que me estaban escuchando”, al darme cuenta que no me decían ni “mmjúúúú”.

Ante de bajarse les repito lo mismo. “Sí, Pa” les escucho turnándose la frase con tono de impaciencia. Tomo aire y les digo lo impensable hasta hace tan solo unos meses. “!Ay Pa, por favor!”, me dijeron mientras se bajaban aprisa huyéndole al embarazoso momento en que sus amigos que se acercaban me pudieran escuchar.

“Si se forma algo, al primer petardo que escuchen, lo que sea, no esperen y péguense a la pared, no sea que los aplaste la estampida. Protéganse. Acuéstense boca abajo y háganse los muertos”, casi les grito mientras se alejan haciéndose los desentendidos. Ellos, porque una doña por poco me mata con la mirada. 

No me mire así, señora, que hay que ser realistas. A eso hemos llegado. 

lunes, 21 de marzo de 2011

COMO ALARMA EN LO MEJOR DEL SUEñO

Hoy pasé frente a la oficina del Cirujano Plástico, ése que tiene un anuncio de cuerpos en traje de baño en la pared exterior del edificio, que es visible en toda la ataponada avenida…

Negocio redondo, hay que reconocerlo. Redondo… como el fruto más reconocido de su esfuerzo. O sea, que las corta, las estira, las opera, las agranda y encima de todo, les vende la línea de trajes de baño para que las luzcan. Me quito el sombrero ante semejante mercadeo. Como el 'racket' de las floristerías al lado de las funerarias.

Creo que ése es el yerno de una ex jefa que tuve. Ella, la hija de mi ex jefa tendría poco más de 30 años cuando la conocí. Ahora estará en sus 50, pero se ve de 25, según pude ver en la revista Magacín del dominical. Por cierto, que parece hermana de su hija, la actriz, que tendrá garantía de edad aparente de por vida. Ser la esposa del cirujano plástico desafía todas las leyes de la matemática.... Y de la gravedad, que no se olvide.

Bueno, pero no es de ella que vengo a hablar aquí.

El cuento es que por asuntos del trabajo de mi esposa, hace años la acompañé a esa oficina médica con los nenes, que estaban chiquitos.

Eran las cuatro de la tarde y aquella sala de espera estaba llena, pero daba gusto estar. Allí no había ni viejitas, ni achaques, ni mucho menos andadores, muletas, ni quejidos de dolamas…  En los estantes de la oficina -magistralmente decorada, por cierto- no se veían revistas viejas con las primeras páginas arrancadas y mucho menos tenías de frente a alguien mirándote fijamente para buscarte conversación y en el primer cruce de miradas contarte su vida y milagro y cuán grande es el tajo que le hizo el médico. A aquellas mujeres de la sala de espera no les dolía ni una uña.

Al otro extremo de la sala, entre todas las pacientes, divisamos a una de piel tostada por el sol, de lo más picoreta. Se le salía lo extrovertido por los poros. Toda una Chica Gap. La combinación clásica de cabellera con ‘jailaits’, blusa blanca escotada, mahones ceñidos en azul claro, y unas tacas perfectamente combinadas con la cartera de marca. Con un marido, que imagino conservado en acondicionador de aire listo para el fin de semana, ya sea en el yate o en el campo de golf.



Mi esposa la miró y no dijo palabra. Nosotros los hombres nos basta una mirada por encima para estudiar el panorama. Las mujeres, no. Las mujeres miran de arriba abajo. Escudriñan, hurgan y estudian al detalle y podrán pasar años, pero se acuerdan todo lo que tenía puesto “el enemigo”.

La de casa disimulaba, parecía ocupada atendiendo los nenes que habían salido de la escuela y tenían hambre. Yo trataba de ayudarle con los nenes, pero el teleque estaba interesantísimo. Que si como las tenía, que si “la mano santa del doctor”, que si que te hizo a ti, que si cómo me quedaron y cosas por el estilo.

La de casa, empezó a hiperventilar, como hace en momentos en que alguien quiere llamar la atención a su lado. Se le abren los rotitos de la nariz cuando muestra esa impaciencia. Mira a la muchacha, atiende a los nenes. Me ajora para que la ayude. Y me saca de concentración de la conservación ajena que peligrosamente subía de tono. Aquellas mujeres parecían olvidarse de que habían hombres allí. O lo que es peor, acompañados de sus esposas. O con una esposa al lado y la retahíla de muchachos, que ya es mucho decir.

Los nenes seguían quejándose del hambre y ya nos preguntaban si había que esperar mucho… La de casa ya no disimulaba la impaciencia de la espera, moviéndose en un punto fijo hacia atrás y hacia delante. Yo la miraba de reojo, porque evidentemente estaba molesta con la ‘recatada’ conversación. Quise hacer un chiste, pero hay veces en que conviene no echarle leña al fuego y quedarse callado y no coger a broma el momento con comentarios de humor negro ni cosas así.

Hasta que la “colorá”, sin encomendarse a nadie, en un gesto desinteresado y encomiable se dispuso a abrir su chaqueta para asomar un poco sus alegres y rebosantes "primas", al  tiempo que soltó un: “miren cómo me quedaron…”  Eso, por su alguna duda había de que queria llamar la atención. Fue justo en ese segundo de mi vida en que los nenes se volvieron a quejar de que tenían hambre.

La asomada de tetas fue la gota que colmó la copa. Ni siquiera pude compartir la alegría y la satisfacción de ver un trabajo bien hecho... aunque sea de lejos.

Cuando me vine a dar cuenta, casi de un salto, la de casa estaba en la puerta de salida cartera al hombro y con los nenes agarrados a cada mano y desde allí me dijo con tono irónico de: “¿Y qué…? ¿Te piensas quedar?”.

“Muévete y vámonos, que esto no era...”

HOY ESCRIBE EL ORGULLO DE PADRE

Todos tenemos un hijo que nada contra la corriente… No sé por qué extraña razón, en muchos casos es el del medio. Al de casa, su dolor de cabeza siempre han sido los horarios, el orden y las matemáticas.

En la época en que yo combinaba la enseñanza universitaria en las mañanas con mi trabajo de periodismo a media tarde, decidí dar ‘homeschooling’ a mis tres hijos, para lo que tuve que abandonar los cursos de la Universidad.  Más agradecerían mis hijos el esfuerzo de esos dos años que mis estudiantes universitarios.

Al cabo de esos dos años, nuestro hijo –el del medio- regresó a la escuela con las dificultades que enfrenta todo niño con un retraimiento académico. Estuvo un año escolar, regresó al “homeschooling” y finalmente a un programa alternativo de estudios supervisados en una escuela a media hora de camino vía expreso. Así llegó al décimo grado.

Poco a poco, sin darnos cuenta, se fue quedando solo en su soledad, ante su falta de amigos escolares, lo que lo malhumoraba y entristecía. Veía los logros de sus hermanos, de sus primos y de algún que otro amigo con quien mantenía contacto. En algún punto, se dio cuenta de que estaba tomando la opción académica más fácil, quiso recuperar el tiempo y se fijó como meta ingresar a uno de los colegios más retantes del  área.  Hay momentos en que las palabras no pueden describir todo lo que uno quisiera –o simplemente como escritor las evado trazando la raya con su privacidad- y en uno de esos, en su cuarto de adolescente desordenado con cortinas cerradas, le dije cogiéndolo entre mis brazos, como cuando era pequeño: “Ya verás que en un par de meses entras al colegio y todo va a cambiar...”

En su empecinamiento no escuchaba razones de ingresar a otro colegio menos riguroso y como si su circunstancia no fuera suficiente, entraba en grado 11. O sea, que en dos años tendría que trabajar el doble o el triple para alcanzar lo que sus compañeros de salón han estado preparándose por toda una vida.

Nunca olvido su primera preevaluación de notas. Aquellas puntuaciones de 88 en el primer examen de español y en el de historia, no las esperaba… Los ojos le brillaban y empezó a hablar y hablar sin freno. Haciendo preguntas sobre lo que nos dijeron los profesores, esperando respuestas, haciendo preguntas, haciendo preguntas, haciendo preguntas…

“¿Y que más les dijeron?”  Quería saber cuáles eran las impresiones de los maestros a los que llevaba conociendo apenas dos meses. De salida del colegio, aquel viernes de octubre nos fuimos al “fastfood”. Estaba contento y comió sin importarle si el pollo estaba grasoso. Porque es maniático con su dieta. Aquel viernes su humor era otro… era día de echar por un momentos los libros de lado… Y los padres y sus hermanos le fueron solidarios y entendieron el mensaje que no necesitó decirse…

Con la ayuda de un tutor encontró respuestas a los números y fue entendiendo aquel enredo de “equis y yes”, los paréntesis, los corchetes, logaritmos, exponentes y potencias. Pero hay una pregunta que su tutor aún no le ha podido responder: para qué sirve el álgebra en la vida.

“!Que no, no y no! ¡Que no me voy a cambiar de colegio. Que no me voy a rajar! ¡Que se acabó y no quiero hablar más de eso!”, nos respondía cortante cuando intentamos que se fuera a otro colegio o a la escuela pública. Pudo haber tomado esa ruta fácil para él, pero como padres le respetamos su coraje y determinación.

Para ponerse al día estudiaba hasta la madrugada, al punto de que llegó a preocuparnos su salud. Pero es terco el muchacho. Terquedad que demostró la madrugada de mi cumpleaños. Enfermo con bronquitis compartió conmigo y nuestras amistades para dormir un par de horas y antes de amanecer participar en un foto maratón del que regresó rendido y a las diez de la noche. 


Las fotos tomadas le ganaron comentarios y elogios. Quizás por primera vez no sólo creía en sí mismo, sino que sus capacidades eran reconocidas.  Una crisálida se convertía en mariposa.

Fue entonces, en diciembre pasado, que leí su status en Facebook: “Hace un poco más de 6 meses comencé un fuerte cambio en mi persona. No siempre uno logra lo que quiere, pero a veces uno puede lograr más de lo que cree...  Ahora es que yo voy a ponerme a prueba, ahora es que voy a poder decir que no sólo cambié sino que también puse mis habilidades de estudio en práctica... Voy a demostrar de lo que soy capaz de hacer. No en todo salí bien, pero sí... me doy un 10' por lo que logré”.

Justo en ese momento en que mi vista se nublaba ante lo que leía entre lágrimas me comunicaron el asesinato del hijo de una compañera de trabajo como secuencia de una guerra por el control de puntos de droga. Amé a mi hijo más que nunca. 

Hace un par de horas me llamó. Es que recibió buenas noticias en su informe de notas. “Que también estuve en una charla de universidades de Estados Unidos, Pá’.  Tienes que verlas. Tengo los catálogos para que las veas. Me quiero ir, Pá”. Al enganchar, me dí cuenta que en poco más de un año se podría marchar a seguir su sueño de una maestría en arquitectura y llegar a Italia. Como nos decía cuando era pequeño: “Cuando sea arquitecto en Italia, les voy a hacer una casa allá para que trabajen en el ‘Italia Times’”.

Nuestro hijo es otro. No le ha sido fácil, pero con la ayuda profesional, las tutorías y la paciencia y el amor de sus padres y su coraje y terquedad y la pastilla que tanto defiende –que le despierta la atención, pero le quita el hambre- ha logrado lo que nos parecía inalcanzable hace sólo unos meses.

A semanas para que termine el semestre celebramos sus notas. Bueno, no sus notas para ser sinceros. Más que eso su esfuerzo. En eso de “nadar contra la corriente” se graduará el año que viene “Magna Cum Laude”.

Hoy, nuestro hijo, -el del medio- tiene esperanzas y ve claramente su futuro. Ha visto sus mejores notas y las universidades de Estados Unidos. Acaba de escribir: “Ojalá, todos mis días sean como éste... Aprendí que es verdad que cuando uno se propone algo lo cumple. Sé feliz, aprecia lo que eres y lo que tienes y verás que la vida te irá devolviendo la sonrisa que la mala suerte en algún momento, te quitó =)”

Lo veo claramente, señor arquitecto. Sé que lo harás. Si llegaste hasta aquí, sé que algún día lo harás. 



jueves, 10 de marzo de 2011

LA PEJIGUERA ESA QUE ME SACA EL "MOSTRO"

Si algo me revuelve la bilis es que una máquina me dé instrucciones.

Me enerva cada vez que tengo que someterme a un contestador automático. Me rehúso hablar y cuelgo la llamada. Mi esposa, acostumbrada a mis manías, sabe que la grabación de la llamada en que sólo se oye un ‘clic’ es la mía.

A mi hermano le tengo que soportar el sonido de trompeta en su mensaje telefónico. Si no hay remedio, aparto  el teléfono del oído por un minuto, recalco "un mi-nu-to",  en lo que terminaba el trompeteo, para dejar el mensaje. Gracias a Dios que nunca lo he llamado porque me están matando porque primero hubiese respondido el Sistema de Emergencias, que no se caracteriza precisamente por su rapidez. La grabación de mi hermana, la loca de la familia, tiene una música de Lady Gaga que parece imitar un teléfono ocupado. A veces, el humor negro me lo permite, en vez de dejar el recado le lleno el espacio de grabación imitando con la voz el mismo sonsonete y al final le digo: “!!!Ves que jode!!!”.  Hace poco noté que cambió el mensajito.



Cuando mis hijos eran pequeños, con mi sentimiento paternal a flor de piel, me encantaba llamar al hospital pediátrico, para escuchar la voz infantil que te recibía con un: “Gracias por llamar al Hospital de Niños San Jorge”. El niño de la grabación, inteligentísimo por cierto, muy sabiamente conocía todas las extensiones telefónicas del Hospital. Pero claro, uno es padre recién estrenado y se amelcochaba con la vocecita... Ahora el cuadro telefónico del Colegio Católico en que están mis hijos tiene la grabación de una niña que comienza contestando: “Ave María Purísima…”. A uno, que nunca llama por gusto y siempre está en un ajoro, le dan ganas de cometer la blasfemia de colgar sin terminar de escuchar el rosario.

Y qué me dices de las grabaciones que te dan una retahíla de opciones…. Yo, que tengo déficit de atención no diagnosticado, ya en la cuarta opción he dejado de escuchar hace rato. Pongo en altavoz la máquina contestadora mientras hago otras cosas, y allí la dejo, hablándole a las paredes. Caigo en cuenta que ya no la escucho, cuando  la impertinente interlocutora me saca de concentración con un: “¿Sigue usted ahí?” A uno le dan ganas de decirle: “Nooo, no estoy aquí y ahora quéee vas a haceeerrrr.” Pero tengo que resignarme, marcar y empezar de nuevo, porque a esa altura nunca escuché la extensión que tenía que marcar.

En la prehistoria, cuando los teléfonos tenían máquinas grabadoras con microcinta integrada, hacía la maldad de dejar un mensaje en tono natural:  “Hola, te habla Carlos” (para que se supiera quien era) y justo después hablaba disfrazando la voz, imitando una cinta de grabación estirada. Era mi venganza al interlocutor que me hacía hablar con la grabadora. Me conformaba con que al menos uno de ellos botara el casete a la basura creyéndolo inservible.

Pero hay un mensaje que me saca por el techo:  es  de una compañera de trabajo. No la llamo por gusto, sino cuando no hay más remedio y agoto todas las opciones. Pero cada vez que escucho el  “por  favor, no me dejes mensaje. En vez de eso, envíame un email a …”  Oiga, si no quiere que le deje mensaje o no quiere contestar, no le ponga grabadora al teléfono... 

II

Tema aparte: qué me dice de la cajera automática que han puesto en la megatienda que nos machaca que si “puedes hacerlo, podemos ayudarte”.  Para proceder con el cobro  me obliga a poner mis artículos de ferretería en un espacio metálico de un pie cuadrado, que viola todos los preceptos geométricos . "Puedes hacerlo", me dice el rótulo cercano.

Ahí, el que más o el que menos, compra un saco, una paila, piezas largas o alguna mercancía que viene en una bolsa plástica gigante, que nunca coge el precio del escáner. Entonces empieza el suplicio. No falla: siempre los demás clientes son más diestros que uno. Mientras, la máquina comienza a exasperarte: “Comience a escanear”, te ordena. Y uno va sacando las cosas del carrito y colocándolas en el detector de mercancía y la cosa esa te advierte: “No coloque los artículos en el mostrador… Comience de nuevo”.  ¡Que haga quééé! Sin remedio, con los de atrás mirándote por encima del hombro, no te queda otra que pedir ayuda a la asociada estratégicamente ubicada allí para remachar la humillación a la que te somete la máquina y para recordarte que tu inteligencia no da para más, que tienes la capacidad de un fronterizo. Como si hiciera falta…



Siempre pienso qué pasaría si me hago el listo con alguno de los artículos. Pero cruzo miradas con la empleada que ya te mira mal y nunca paso del intento. Ni me atrevo. No sea que la máquina aumente su volumen de voz y ante todos los clientes y empleados me diga: “Coloque los artículos en la bolsa, le digo. Usted cree que me mamo el dedo?”, mientras la guardia de la entrada afila su marcador del recibo que siempre lleva a la mano.

Pero con el cuentecito ese del “puedes hacerlo” han suplantado casi todas las cajeras. Prefiero las cajeras de carne y hueso. Aunque se tarden más, o no se sonrian a veces.  Al menos me entretengo mientras espero, viéndoles las elaboradas decoraciones “rococó” de sus uñas vietnamitas y de paso, les estoy salvando el pellejo. 

III.

Por último, no quiero terminar sin hablar de los ‘yi-pi-ess’. La primera vez que vimos uno, fue en un carro alquilado en el aeropuerto al inicio de un viaje vacacional. Nadie nos dijo que esa cosa hablaba, ni siquiera que estaba alli. Nosotros cinco hablábamos a la vez en el carro cuando, de pronto, aquel aparato apocalíptico con la voz sensual de Sarita Montiel en "El Ultimo Cuplé" nos comienza a dar direcciones…  Del susto, frené como un reflejo en medio de una intersección. Bocinazos por los lados. Dedos en alto asomados por las ventanas de los demás automóviles y saludos a  “your mother”, que no sabía que la conocían por esos lares americanos…   



Postulado #1 de yi-pi-ess: Cuando el yi-pi-ess lo lleve por una ruta y usted lo maldiga con la seguridad de que lo está mandando a rumbos desconocidos, el yi-pi-ess siempre tendrá la razón. Aun cuando te diga que has llegado a tu destino y te vayas de culo de que ese sitio no era.   

Eso me hace recordar la vez que fuimos a una fiesta de campo, a la que habíamos ido ya en una ocasión anterior. El error fue marcar en el aparato la dirección de la ocasión anterior sin percatarnos de que esta vez no era allí.

Empeoramos la selección cuando además oprimimos la alternativa más corta para llegar, por lo que la máquina nos mandó por cuestas, nos bajó por caminos, nos metió por atajos intransitables y hasta subiendo una estrecha cuesta llegamos a parar con la pared frontal de la marquesina de una casa. Como si fuera poco, a mitad de camino hubo que regresar cuando me percaté de que había dejado la cartera y, por tanto, no podíamos llegar con las manos vacías y sin la prometida caja de cervezas para la fiesta.  

Nada como preguntar por una dirección, aunque invariablemente nunca le prestes atención a lo que te dicen. Y aunque las respuestas sean las mismas: “Eso está al cantío de un gallo”, “sigues directo, directo. No vires pa’ ningun la’o”.  “Cuando veas el señor de las frutas en la esquina, te paras y preguntas…”

<Photo 4>

Una vez preguntamos por una dirección. El hombre de la carretera nos dijo: “Sigan derecho, cuando encuentren un letrero de un sitio que venden cuchillos y tenedores, allí es.”

Cuando nos percatamos del rótulo en la carretera, reímos a  carcajadas. No era de tienda alguna, como decía el señor,  sino el que identifica los mesones gastronómicos. 

Esa es la gente de mi país. A la hora de dar direcciones no son tan exactos como la maquinita, pero en trato y amabilidad se los echo a cualquiera. Si pudieran, se montaban con uno para indicarte el camino. Es más, véngase con nosotros, que nos acomodamos… y de paso, abrimos la ventanilla y pa’l carajo el yi-pi-ess. 

EL COMBO AGRANDADO

Allí no cabía un alma más. La Terraza que sirve de comedor a medio país en el centro comercial estaba hasta más no poder.

Me acomodo en la que juraría era la única silla disponible en ese momento, con la prisa que da el hambre y ante el hecho de llevar una bandeja con lo que uno puede pagar para comer –que no es lo mismo que lo que uno quisiera comer.

Pues así estaba yo, antoja’o y “verde del hambre”. Pues como iba diciendo, ya con la silla asegurada me como una papita para abrir embocadura. Comienzo con el ritual de la salsa (rotito pequeño para que salga fina del sobrecito), la sal  por encima de la salsa y el sorbeto.

Es justo ahí, cuando estoy a punto de dar el primer mordisco… el tiempo se detuvo.

Siento un silencio repentino y el murmullo de la gente se escucha ahora bieeeen lejos. Yo no podía creer lo que veía. Me tuve que haber quedado con la boca abierta cuando me percaté que allí estaba, asomada por el hueco del espaldar de la silla anaranjada de aquel megacomedor: la maldita, asquerosa y repulsiva raja pelúa. Señores, no hay derecho. Por qué tiene uno que soportar a la gente con esos pantalones de bajo entalle que se empeñan en  enseñar la ATH cuando se sientan.

No sé por cuánto tiempo me quedé con la boca abierta a punto del bocado, mirando fijamente aquel adefesio que amenazaba con matarme el hambre.  Y el don, concentrado en su comida de espaldas a mí, ni se enteraba del espectáculo culinario que estaba dando a la vista de todo el mundo.

Me quise hacer el loco, pero era casi imposible masticar bocado sin ver aquello. Intenté buscar otra silla, pero el sitio estaba “tepe  a tepe”. Traté de alcanzar a ver el plato de comida del vecino exhibicionista, comprobar si le faltaba poco para irse, pero nada que ver.

Mmmm! Qué ricas son las papitas fritas acabadas de hacer… Pero no me dejaba concentrarme en mi comida. Ni siquiera tenía a alguien para conversar y distraer mi atención. Aquel mazo de carne en sobrepeso se imponía en todo el panorama.  



“Come, que se te enfría”, me pareció escuchar a mi madre regañándome desde el más allá.  Estuve a punto de pararme y decirle: “Mire señor, súbase el pantalón que se le ve la verija”, pero no quise llegar a tanto. Ya hace un par de días mataron a uno en el comedor de un centro comercial y sabrá Dios si fue por lo mismo. Ahora que recuerdo, al sospechoso le dicen John Nalgas.

No sé si a todo el mundo le pasa igual pero en esas circunstancias mi cerebro empieza a ser demasiado creativo con la imaginación y a hilvanar escenas, ninguna decente ni descriptible.  Cerca de allí habría alguien contemplando el tatuaje de una mariposa estratégicamente asomado en una sensual espalda baja.

Pero a mí me tocó tener de vecino de mesa a aquel “troquero” con estrías en el culete que se dejaban ver sobre un calzoncillo, creo que bóxer, con el elástico de la cintura desgastado, más que eso estirado. Y lo que es peor, con el calzoncillo al revés, -que ni la decencia tuvo que ponérselo al derecho- por fuera asomándose el sello “de las frutas de la etiqueta que habla…”, como decía el viejo anuncio. Y bajo todo eso se asomaba rebelde la fisonomía de una oscura hondonada en caída vertical  en medio de aquellas guaretas. Trato de borrar la imagen en mi mente, pero se resiste.

No hay derecho señores. Por qué uno no puede comer tranquilamente sin ningún disturbio visual que me impida  saborear un buen bocado ni me provoque náuseas o pesadillas. Tal como hicieron los bancos, que se apuntaron una al prohibir que clientes hicieran transacciones portando gorras, gafas o hablando por celulares, deben vedarse en los sitios públicos a los que usan pantalón de bajo entalle que le enseñen a todo el mundo lo que se ve “allá en el rancho grande”.

“Oh no, que se va a parar. No lo hagas. No te inclines. Deja la silla así, no, no, no… Ugh qué asco, foooo!!!”

Trato de mantener la compostura, de pensar en algo para no arquear y vomitar allí mismo…  El estómago  se revuelve. Sudo frío. Al reacomodar la silla en la mesa el don me mira por un segundo. Cruzamos miradas y ajeno a mi agonía se despide y me dice algo que escucho como si fuera venido de ultratumba, en cámara lenta: “! B u e n   P r o v e c h o !”

Me tomó de sorpresa. Tanto que no pude decirle: "Para eso me lo echo". 

PALABRERIAS: !!!PEND... ZUACOS QUE SOMOS!!!

PALABRERIAS: !!!PEND... ZUACOS QUE SOMOS!!!

PALABRERIAS: NOSOTROS... LOS DEAMBULANTES

PALABRERIAS: NOSOTROS... LOS DEAMBULANTES

NOSOTROS... LOS DEAMBULANTES

A él lo ví por primera vez sentado en un muro bajito que servía de jardinera en un restaurante de comida rápida cerca de donde vivo. En algún tiempo, tuvo que hacer sido un hombre fuerte, me atrevería a decir atractivo, de mirada penetrante. El  rostro de lo que alguna vez fue, ahora está curtido por el sol, arropado por una espesa barba.

Evidentemente no tiene vicios. Está, lo que se dice, “incapacitado mentalmente”. Lo primero que me llamó la atención fue que no pedía. No es de los que se van detrás, te ponen su mejor cara de pena y te extienden la mano a pedir “la pejeta”, que los hay que la usan para la maldita droga y quienes la piden para comerse un bocado. Se mantenía quieto, sentado, casi agachado, ajeno al mundo que le rodeaba. Hacía un ruido, como una especie de chasquido, pero no con la boca. Me le paré al lado para ver cómo lo hacía, con la excusa de que le iba a dar alguna menudencia. Tenía sólo segundos para ver de donde salía el chasquido y pareció no molestarse. No alzó la vista. Parecía indiferente a mi presencia. Sólo levanto un poco sus manos.

“Toma algo aquí…. Dios te bendiga. ¿Cuál es tu nombre?”, le pregunté.

“Pablo”, me contestó, mientras intentaba mirarme a los ojos por un segundo… lo suficiente para descubrir que el chasquido lo producía un movimiento nervioso que hacía con el cuello.

Me crié en el centro del pueblo. Me conocía a todos los deambulantes y a los que la gente les llamaba por su apodo. “Cascarita”, “Guarapillo”, “Sangreajena”, “Siete Pisos”, “Cepillo”… A “Cepillo”, lo encontraron muerto en un pastizal frente a mi casa de infancia. Fue el primer muerto –y el último- que vi todo cubierto de hormigas.  Mi abuela me enseñó a  tratarlos con respeto y preguntarles y llamarlos por su nombre, si no lo sabía….   

***

Es curioso. Tanto que hablamos de deambulantes y en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española   no existe esa palabra. Como si hubiese una confabulación general para a cualquier precio hacer olvidar que existen, que están ahí, que alguna vez fueron como nosotros, los… (cómo se dice, señor diccionario).



“Milagros. Me llamo Milagros”, me respondió la mujer que se acercó a mi carro para venderme flores amarillas, amarillas… No recuerdo mucho de las circunstancias que me llevaron a conocerla. Sólo que esperaba en mi carro el cambio de luz, el tiempo suficiente para divisarla. Su piel negra le daba un magnífico contraste al pompón amarillo que llevaba en su oreja –como la negra Chanita. Cargaba en sus brazos un ramillete. Cuando se acercó, ví que era casi un despojo humano marcado por la drogadicción.

“¿De dónde sacaste esas flores tan bellas, muchacha?”, le pregunté al bajar la ventanilla.

“Las que están un poco dañadas me las dan en la floristería y me ayudan con eso. Yo las vendo en la calle, en vez de pedir”.

“Bueno Milagros te voy a comprar una”… Asocié el nombre con el milagro de que a pesar de su vicio, pudiera cautivar con su sonrisa y que aquellas flores le adornaran su belleza exótica. Y nunca lo olvidé.

***

No sé cómo pasa, o los motivos que tienen las personas para hacer daño a otros… Pero la vida a veces nos da en la cara de una forma que no te esperas y no puedes permanecer de brazos cruzados. Me pasó en la carretera, a la entrada del vecindario.

Veo de frente en el  carril contrario a un ser que caminaba casi arrastrándose. Por cruel que parezca lo habían cubierto de cemento blanco o cal. Su pelo, su barba espesa, sus brazos, toda su ropa harapienta. Aquel polvo en la cara y en su pelo y barba le daba aspecto de “zombi”. Menos mal que no era de noche. Lo reconocí. Era Pablo, el deambulante. Cuando pude dí un viraje en “u” para cambiar de carril y allegarme hasta él. Me bajé del carro y le llamé. Como siempre, su mirada era esquiva, pero reaccionó a la mención de su nombre.

“¿Qué te hicieron, hombre. Quién te hizo eso?” No me respondió. Parece que intentaba buscar respuesta para sus adentros cruzando las manos contra su pecho, como quien busca protegerse.

“¿No te molesta si pido en el “dealer” una manguera para que te puedas lavar?”… Sin decir palabras  me dio el permiso con un movimiento de cabeza.

Les expliqué la situación a dos vendedores que se encontraban cerca y que observaban la escena desde cierta distancia. Más allá de la petición que les hice, compasivos le mostraron el camino a un baño ubicado en un rincón apartado en el estacionamiento trasero del negocio y le dieron jabón para que se limpiara. Más tranquilo y dejando al deambulante en lo suyo, les dí las gracias a los vendedores y salí del lugar, agradecido de ellos y satisfecho con haber podido ayudar en algo.



De todo eso han transcurrido como diez  años.

Durante todo ese tiempo no les volví a ver: ni a Pablo por la entrada de mi vecindario, ni a Milagros en las  noches, en los predios de la floristería. Llega uno a pensar lo peor….

Por eso, no sabía si alegrarme cuando recientemente me topé con él, con Pablo, pidiendo dinero en el semáforo de un pueblo vecino pero ya más demacrado, más delgado y su piel menos curtida por el sol, pero más por el humo de los automóviles. Los pelos de su barba estaban pegados, como si fueran trenzas.  Le dí algo con un “Dios te bendiga, Pablo”, aunque sigue siendo el mismo individuo que siempre reacciona extrañado a la mención de su nombre, que rehúye, pero no tiene más opción que tener que pedir.

De ella supe hoy. Escuchaba la radio. En el programa de la locutora merenguera tenían como tema de conversación “a quién le estabas agradecido y nunca se lo habías dicho”. En un momento escuché la frase: “la drogadicta que vendía flores cerca de la floristería”. Paré oreja, como se dice y puse toda mi atención en lo que decían. Quien hablaba, una madre soltera, narró evidentemente emocionada de cómo en una noche se le acercó Milagros a venderle flores y  no tenía dinero para comprarle algunas. En cambio, en su desespero  se desahogó  con aquella mujer presa de las drogas y le contó de la desesperante situación de salud por la que atravesaba su hijo. No tenía ni para comprarle medicinas. Como se dice por ahí, se juntaron el hambre y la necesidad.

Las dos se conocían, pues eran del mismo vecindario. Al amanecer, Milagros se le presentó a la puerta de su casa con la cantidad exacta para que pudiera comprar el medicamento, producto de la venta de flores de esa noche. “Es que me regalaron más flores”, le dijo. El resto del dinero, ya  Milagros sabría para qué usarlo.

La radioescucha hablaba ahogada por el llanto y ante una pregunta de la locutora dijo al despedirse: “Quisiera buscarla y agradecerle, pero la vida no me daría para ello.”

Otra  radioyente llamó luego y aseguró que Milagros logró rehabilitarse, solita, que era costumbre de ella  ayudar a otros con la venta de las flores y que hoy acude fielmente a una Iglesia y le sirve activamente al Señor.

Y yo acá, petrificado, con el mapo en la mano, llorando emocionado y dándole gracias a Dios por la huella que dejó en la vida de otros la vendedora de flores amarillas, amarillas y en la lección de vida que nos han dado. Pablo nos enseña compasión; Milagros nos grita que siempre hay esperanzas.

Como Pablo y como Milagros, otros mendigos, o “bones” o como se llamen, están ahí afuera todos los días. Sabemos del sitio que puntualmente nos esperan y somos nosotros los que les rehuimos a la compasión, “nos hacemos los locos” y vamos por la vida vagando, como si no existieran.

Ellos están. Nosotros, vamos y venimos.

Nosotros… los deambulantes.