jueves, 10 de marzo de 2011

EL COMBO AGRANDADO

Allí no cabía un alma más. La Terraza que sirve de comedor a medio país en el centro comercial estaba hasta más no poder.

Me acomodo en la que juraría era la única silla disponible en ese momento, con la prisa que da el hambre y ante el hecho de llevar una bandeja con lo que uno puede pagar para comer –que no es lo mismo que lo que uno quisiera comer.

Pues así estaba yo, antoja’o y “verde del hambre”. Pues como iba diciendo, ya con la silla asegurada me como una papita para abrir embocadura. Comienzo con el ritual de la salsa (rotito pequeño para que salga fina del sobrecito), la sal  por encima de la salsa y el sorbeto.

Es justo ahí, cuando estoy a punto de dar el primer mordisco… el tiempo se detuvo.

Siento un silencio repentino y el murmullo de la gente se escucha ahora bieeeen lejos. Yo no podía creer lo que veía. Me tuve que haber quedado con la boca abierta cuando me percaté que allí estaba, asomada por el hueco del espaldar de la silla anaranjada de aquel megacomedor: la maldita, asquerosa y repulsiva raja pelúa. Señores, no hay derecho. Por qué tiene uno que soportar a la gente con esos pantalones de bajo entalle que se empeñan en  enseñar la ATH cuando se sientan.

No sé por cuánto tiempo me quedé con la boca abierta a punto del bocado, mirando fijamente aquel adefesio que amenazaba con matarme el hambre.  Y el don, concentrado en su comida de espaldas a mí, ni se enteraba del espectáculo culinario que estaba dando a la vista de todo el mundo.

Me quise hacer el loco, pero era casi imposible masticar bocado sin ver aquello. Intenté buscar otra silla, pero el sitio estaba “tepe  a tepe”. Traté de alcanzar a ver el plato de comida del vecino exhibicionista, comprobar si le faltaba poco para irse, pero nada que ver.

Mmmm! Qué ricas son las papitas fritas acabadas de hacer… Pero no me dejaba concentrarme en mi comida. Ni siquiera tenía a alguien para conversar y distraer mi atención. Aquel mazo de carne en sobrepeso se imponía en todo el panorama.  



“Come, que se te enfría”, me pareció escuchar a mi madre regañándome desde el más allá.  Estuve a punto de pararme y decirle: “Mire señor, súbase el pantalón que se le ve la verija”, pero no quise llegar a tanto. Ya hace un par de días mataron a uno en el comedor de un centro comercial y sabrá Dios si fue por lo mismo. Ahora que recuerdo, al sospechoso le dicen John Nalgas.

No sé si a todo el mundo le pasa igual pero en esas circunstancias mi cerebro empieza a ser demasiado creativo con la imaginación y a hilvanar escenas, ninguna decente ni descriptible.  Cerca de allí habría alguien contemplando el tatuaje de una mariposa estratégicamente asomado en una sensual espalda baja.

Pero a mí me tocó tener de vecino de mesa a aquel “troquero” con estrías en el culete que se dejaban ver sobre un calzoncillo, creo que bóxer, con el elástico de la cintura desgastado, más que eso estirado. Y lo que es peor, con el calzoncillo al revés, -que ni la decencia tuvo que ponérselo al derecho- por fuera asomándose el sello “de las frutas de la etiqueta que habla…”, como decía el viejo anuncio. Y bajo todo eso se asomaba rebelde la fisonomía de una oscura hondonada en caída vertical  en medio de aquellas guaretas. Trato de borrar la imagen en mi mente, pero se resiste.

No hay derecho señores. Por qué uno no puede comer tranquilamente sin ningún disturbio visual que me impida  saborear un buen bocado ni me provoque náuseas o pesadillas. Tal como hicieron los bancos, que se apuntaron una al prohibir que clientes hicieran transacciones portando gorras, gafas o hablando por celulares, deben vedarse en los sitios públicos a los que usan pantalón de bajo entalle que le enseñen a todo el mundo lo que se ve “allá en el rancho grande”.

“Oh no, que se va a parar. No lo hagas. No te inclines. Deja la silla así, no, no, no… Ugh qué asco, foooo!!!”

Trato de mantener la compostura, de pensar en algo para no arquear y vomitar allí mismo…  El estómago  se revuelve. Sudo frío. Al reacomodar la silla en la mesa el don me mira por un segundo. Cruzamos miradas y ajeno a mi agonía se despide y me dice algo que escucho como si fuera venido de ultratumba, en cámara lenta: “! B u e n   P r o v e c h o !”

Me tomó de sorpresa. Tanto que no pude decirle: "Para eso me lo echo". 

PALABRERIAS: !!!PEND... ZUACOS QUE SOMOS!!!

PALABRERIAS: !!!PEND... ZUACOS QUE SOMOS!!!

PALABRERIAS: NOSOTROS... LOS DEAMBULANTES

PALABRERIAS: NOSOTROS... LOS DEAMBULANTES

NOSOTROS... LOS DEAMBULANTES

A él lo ví por primera vez sentado en un muro bajito que servía de jardinera en un restaurante de comida rápida cerca de donde vivo. En algún tiempo, tuvo que hacer sido un hombre fuerte, me atrevería a decir atractivo, de mirada penetrante. El  rostro de lo que alguna vez fue, ahora está curtido por el sol, arropado por una espesa barba.

Evidentemente no tiene vicios. Está, lo que se dice, “incapacitado mentalmente”. Lo primero que me llamó la atención fue que no pedía. No es de los que se van detrás, te ponen su mejor cara de pena y te extienden la mano a pedir “la pejeta”, que los hay que la usan para la maldita droga y quienes la piden para comerse un bocado. Se mantenía quieto, sentado, casi agachado, ajeno al mundo que le rodeaba. Hacía un ruido, como una especie de chasquido, pero no con la boca. Me le paré al lado para ver cómo lo hacía, con la excusa de que le iba a dar alguna menudencia. Tenía sólo segundos para ver de donde salía el chasquido y pareció no molestarse. No alzó la vista. Parecía indiferente a mi presencia. Sólo levanto un poco sus manos.

“Toma algo aquí…. Dios te bendiga. ¿Cuál es tu nombre?”, le pregunté.

“Pablo”, me contestó, mientras intentaba mirarme a los ojos por un segundo… lo suficiente para descubrir que el chasquido lo producía un movimiento nervioso que hacía con el cuello.

Me crié en el centro del pueblo. Me conocía a todos los deambulantes y a los que la gente les llamaba por su apodo. “Cascarita”, “Guarapillo”, “Sangreajena”, “Siete Pisos”, “Cepillo”… A “Cepillo”, lo encontraron muerto en un pastizal frente a mi casa de infancia. Fue el primer muerto –y el último- que vi todo cubierto de hormigas.  Mi abuela me enseñó a  tratarlos con respeto y preguntarles y llamarlos por su nombre, si no lo sabía….   

***

Es curioso. Tanto que hablamos de deambulantes y en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española   no existe esa palabra. Como si hubiese una confabulación general para a cualquier precio hacer olvidar que existen, que están ahí, que alguna vez fueron como nosotros, los… (cómo se dice, señor diccionario).



“Milagros. Me llamo Milagros”, me respondió la mujer que se acercó a mi carro para venderme flores amarillas, amarillas… No recuerdo mucho de las circunstancias que me llevaron a conocerla. Sólo que esperaba en mi carro el cambio de luz, el tiempo suficiente para divisarla. Su piel negra le daba un magnífico contraste al pompón amarillo que llevaba en su oreja –como la negra Chanita. Cargaba en sus brazos un ramillete. Cuando se acercó, ví que era casi un despojo humano marcado por la drogadicción.

“¿De dónde sacaste esas flores tan bellas, muchacha?”, le pregunté al bajar la ventanilla.

“Las que están un poco dañadas me las dan en la floristería y me ayudan con eso. Yo las vendo en la calle, en vez de pedir”.

“Bueno Milagros te voy a comprar una”… Asocié el nombre con el milagro de que a pesar de su vicio, pudiera cautivar con su sonrisa y que aquellas flores le adornaran su belleza exótica. Y nunca lo olvidé.

***

No sé cómo pasa, o los motivos que tienen las personas para hacer daño a otros… Pero la vida a veces nos da en la cara de una forma que no te esperas y no puedes permanecer de brazos cruzados. Me pasó en la carretera, a la entrada del vecindario.

Veo de frente en el  carril contrario a un ser que caminaba casi arrastrándose. Por cruel que parezca lo habían cubierto de cemento blanco o cal. Su pelo, su barba espesa, sus brazos, toda su ropa harapienta. Aquel polvo en la cara y en su pelo y barba le daba aspecto de “zombi”. Menos mal que no era de noche. Lo reconocí. Era Pablo, el deambulante. Cuando pude dí un viraje en “u” para cambiar de carril y allegarme hasta él. Me bajé del carro y le llamé. Como siempre, su mirada era esquiva, pero reaccionó a la mención de su nombre.

“¿Qué te hicieron, hombre. Quién te hizo eso?” No me respondió. Parece que intentaba buscar respuesta para sus adentros cruzando las manos contra su pecho, como quien busca protegerse.

“¿No te molesta si pido en el “dealer” una manguera para que te puedas lavar?”… Sin decir palabras  me dio el permiso con un movimiento de cabeza.

Les expliqué la situación a dos vendedores que se encontraban cerca y que observaban la escena desde cierta distancia. Más allá de la petición que les hice, compasivos le mostraron el camino a un baño ubicado en un rincón apartado en el estacionamiento trasero del negocio y le dieron jabón para que se limpiara. Más tranquilo y dejando al deambulante en lo suyo, les dí las gracias a los vendedores y salí del lugar, agradecido de ellos y satisfecho con haber podido ayudar en algo.



De todo eso han transcurrido como diez  años.

Durante todo ese tiempo no les volví a ver: ni a Pablo por la entrada de mi vecindario, ni a Milagros en las  noches, en los predios de la floristería. Llega uno a pensar lo peor….

Por eso, no sabía si alegrarme cuando recientemente me topé con él, con Pablo, pidiendo dinero en el semáforo de un pueblo vecino pero ya más demacrado, más delgado y su piel menos curtida por el sol, pero más por el humo de los automóviles. Los pelos de su barba estaban pegados, como si fueran trenzas.  Le dí algo con un “Dios te bendiga, Pablo”, aunque sigue siendo el mismo individuo que siempre reacciona extrañado a la mención de su nombre, que rehúye, pero no tiene más opción que tener que pedir.

De ella supe hoy. Escuchaba la radio. En el programa de la locutora merenguera tenían como tema de conversación “a quién le estabas agradecido y nunca se lo habías dicho”. En un momento escuché la frase: “la drogadicta que vendía flores cerca de la floristería”. Paré oreja, como se dice y puse toda mi atención en lo que decían. Quien hablaba, una madre soltera, narró evidentemente emocionada de cómo en una noche se le acercó Milagros a venderle flores y  no tenía dinero para comprarle algunas. En cambio, en su desespero  se desahogó  con aquella mujer presa de las drogas y le contó de la desesperante situación de salud por la que atravesaba su hijo. No tenía ni para comprarle medicinas. Como se dice por ahí, se juntaron el hambre y la necesidad.

Las dos se conocían, pues eran del mismo vecindario. Al amanecer, Milagros se le presentó a la puerta de su casa con la cantidad exacta para que pudiera comprar el medicamento, producto de la venta de flores de esa noche. “Es que me regalaron más flores”, le dijo. El resto del dinero, ya  Milagros sabría para qué usarlo.

La radioescucha hablaba ahogada por el llanto y ante una pregunta de la locutora dijo al despedirse: “Quisiera buscarla y agradecerle, pero la vida no me daría para ello.”

Otra  radioyente llamó luego y aseguró que Milagros logró rehabilitarse, solita, que era costumbre de ella  ayudar a otros con la venta de las flores y que hoy acude fielmente a una Iglesia y le sirve activamente al Señor.

Y yo acá, petrificado, con el mapo en la mano, llorando emocionado y dándole gracias a Dios por la huella que dejó en la vida de otros la vendedora de flores amarillas, amarillas y en la lección de vida que nos han dado. Pablo nos enseña compasión; Milagros nos grita que siempre hay esperanzas.

Como Pablo y como Milagros, otros mendigos, o “bones” o como se llamen, están ahí afuera todos los días. Sabemos del sitio que puntualmente nos esperan y somos nosotros los que les rehuimos a la compasión, “nos hacemos los locos” y vamos por la vida vagando, como si no existieran.

Ellos están. Nosotros, vamos y venimos.

Nosotros… los deambulantes.  




miércoles, 9 de marzo de 2011

!!!PEND... ZUACOS QUE SOMOS!!!

¿Y quién no? Mi esposa siempre me echa en cara cuando en víspera de nuestra boda, me arrastré como serpiente rastrera por el piso del cuarto de mi futura suegra al intentar huir de una amenazante salamandra que apareció de la nada, mientras yo ayudaba a sostener el ruedo del traje de novia, al que le hacían unos arreglos finales.  Sólo tenía una opción digna: disimular y callar… mapear aquel piso arrastrando mis pantalones o en última instancia correr despavorido, como vieja sin refajo.  

Intentaba mantener la compostura. “Cómo lo hago… Me paro lentamente… y si se mue… Carajo, me va a brincar encimaaaa!!”, pensé calculando movimientos justo cuando aquel pichón de caimán se movió con toda la intención de brincarme encima, abrir sus mandíbulas y arrancarme la nariz de un mordisco. 

Y allí quedé yo, el novio. Desenmascarado y al descubierto en toda mi cobardía ante la novia, la suegra y la tía, a poco menos de 24 horas de casarme. Es que no me gustan las salamandras, sobre todo verle esa repulsiva transparencia de su piel.  Lo mío es herencia de las mujeres de mi familia, que les aterraban dos cosas: los truenos y los lagartijos, los que mi mamá a los grandes les decía “El Cabezón”.


Pero si hay algo peor que tener miedo a una pequeña sabandija es tener miedo a una pequeña sabandija… y encima de eso estar más ciego que el ojo de una aguja.

Como le pasa a la Musa de mis historias, cuya seguridad a la hora de enfilar sus cañones contra una de esas criaturas que le salen al paso en los momentos menos oportunos, es diametralmente proporcional al porcentaje del grado de visión que va perdiendo y no lo quiere aceptar.  


Hace unos meses estaba en la cocina, cuando de momento interrumpe lo que estaba por hacer, me agarra del brazo y me advierte: “No te muevas”. Petrificado quedé. En esas circunstancias y ante esa seguridad, uno tiene que hacer caso y más sin no sabes de donde viene el peligro.

Pero ella lo veía allí, en el piso. Lo que era, se movía y se quedaba quieto. Se movía y se quedaba quieto… y repetía el mismo patrón de movimientos. Tenía que ser sobrenatural, porque estaba inmune al pote de insecticida con que se le estaba literalmente ahogando… Se volvía a mover, pero ahora le daba trabajo porque se le pegaban sus “alas” en el líquido del piso.

“La condená cucaracha esa no se muere. Dame la chancleta”… Yo no podía creer lo que escuchaba.  ¿Me estaba vacilando?  “¡Que me deessss  l a  c h a n c l e t a!”, insistió.  

Me puso esa cara que me da la inequívoca seguridad de que va en serio.  Pero antes de que partiera la chancheta contra el piso la desarmé, al hacerle entender que la supuesta cucaracha no era tal, sino una cáscara de cebolla que se movía en el piso con el aire del abanico oscilante.

En otra ocasión, una noche me levantó azorada. “¡Despierta que en la puerta de entrada hay una tarántula!”. La mención de la tarántula me sacó del sueño inmediatamente, pero cuando enseguida entré en razón, aunque soñoliento, empecé a argumentar.


“No me despiertes así, chica. Cómo va a ser una tarántula, si aquí no hay tarántulas”. “Que es una tarántula te digo”. “Será una araña pelúa”, le decía, mientras me sacaba casi a tirones de la cama. “No chico, yo sé lo que es una araña pelúa, pero le tiro cosas y en vez de alejarse, lo que hace es acercarse más a la puerta… Le he tirado con todo lo que he podido”, me decía, mientras me hacía gestos de cautela, para que abriera la puerta poco a poco…

Efectivamente, el piso tenía rastros de que alguien había tirado bolitas de papel, una revista, muñecos de los nenes y hasta lo que fue un periódico y al final… allí estaba aquello. Enfoqué bien y claro que me tomó por sorpresa. Evidentemente no era una araña pelúa, pero por su tamaño casi cualificaba para tarántula. No la culpo, bueno casi. Cerré la puerta en un segundo, no fuera que aquello pudiera entrar.  Muchos años han pasado de eso y todavía me pregunto:  

“¿Qué diablos hacia aquel envalentonado cangrejo en la puerta de entrada de la casa?”



sábado, 5 de febrero de 2011

SUPER MARIO Y PRINCESA

A los amantes de tener amigos de narices frias

Mi sobrino mayor, antes de siquiera soñar con ser ingeniero, era loco con contarme las aventuras de “Mario Bro”, que rescataba a la Princesa en la primera edición del popular juego de vídeo con la música pegajosa… Jamás imaginé entonces que iba a tener en casa la versión perruna de aquellos personajes. 

En nuestro patio viven dos Retrievers –que son la nobleza en cuatro patas- con quienes comparten los tres ‘animales’ que tengo en casa. Comparten, insisto. Porque soy quien los baña, los peina, les limpia las orejas y todas las tardes les da agua y comida. 

A quién una mascota no le ha robado el corazón…? El macho se llama Súper Mario. Lo adoptamos con todo y nombre en la víspera del paso del Huracán Fiona. Quién me lo iba a decir… en la curva de los ‘50 y con los trillizos criados íbamos a adoptar… Su familia nos escogió al verse en el dilema de tener que irse a Miami y dejar al perro de tres años en casa de un policía que lo quería entrenar como can del escuadrón antibombas. 

Parece que Súper Mario no tiene reparos con las mayorcitas. Al llegar estuvo dos días ladrando a Princesa -de ocho años y hasta ese entonces dueña absoluta de los alrededores de la casa- en su empeño de olerle el fondillo y de paso, intentar trepársele encima. Dos días que Princesa no tuvo vida con el acosador, ni nosotros tampoco. 

Las feromonas estaban rebeldes. El hostigador macho trepaba paredes. Y la perra, “ni fu, ni fa” dándose todo el puesto que pudo. Mientras más el 'Cabro de Minga' le ladraba, más se protegía ella como podía. Llegó al extremo de pasar los días protegiendo el trasero, asomándose sólo de medio cuerpo en su casa en forma de iglú hasta para comer… Era lo más parecido a un disfraz de tortuga. 

Durante el paso del huracán hubo que llevarlos dentro de la casa en donde Princesa no pudo más y defendió con garras y dientes la virginidad que no tenía en una batalla campal en medio de la sala alumbrada con velas y linternas y ahora llena con huellas de patas enfangandas. Noche infernal, por cierto. Pero desde ese momento y hasta el dia de hoy viven en relativa calma: “Tú no me toques la tota y estamos en paz.”

Ojalá hubiese protegido con ese ímpetu el virgo que no protegió del sato que le hizo once cachorros que cagaron y mearon -como les dio gusto y gana- en la otra casa que no tenía verja…


Ya por la edad, Princesa, con su cara de blancas canas, es más sedentaria, más tranquila y pausada en sus movimientos.

Sin embargo, el Súper Mario es todo un personaje. Tiene fuertes ladridos de vigilante… y algo de gato. No en lo de trepar paredes, sino en sus dotes de cazador… pero de lagartijos. Camina a un par de pasos tras de mí cuando corto la grama para esperar que salga un lagartijo de entre los yerbajos. Y si tuviera garras, treparía el árbol de toronjas con tal de alcanzar la codiciada presa, aunque la mayoría de las veces opta por quedar petrificado por una hora de cara a  la esquina del muro del patio, como niño castigado- sentado pacientemente a esperar a que baje el dichoso lagartijo. Mi madre les huía como el diablo a la cruz. Pero –ironías de la muerte- cuando abrieron su ataúd en la funeraria un lagartijo atrapado salió de su interior. Ella hubiera sido feliz con nuestro perruno exterminador… 

Su capacidad de petrificarse como estatua nos ha dado un par de sustos. En las noches se ancla frente a la puerta de cristal que da al patio para mirar fijamente adentro de la casa. Sale uno a buscar algo en la nevera en medio de la oscuridad y… “Coñññooo! Qué susto me has dado, carajo!!!” Como un espectro, el reflejo de las pocas luces internas en el cristal dejan ver el fantasma del perro que me mira con esos ojos amarillos refulgentes resaltados por su curioso “eyeliner” negro.

Pero, por otra parte, Súper Mario me mata, cuando al recibirte se para y te abraza al cuello o te agarra el brazo con sus patas cruzadas en un movimiento que nunca le he visto hacer a otro perro. Saluda y abraza con la pasión de mi amigo Michael, el del abrazo asfixiante y los manoplazos quebra-espaldas.

 La Princesa también tiene su historia… La seleccionamos en la mañana de un domingo entre varios cachorros de una camada. La chiquita de casa quería un Retriever similar al que tenía la ganga de niños de una novela mexicana de aquel entonces. Esos perros son autodidactas. Aprendió lo básico que debe saber un perro de la convivencia con humanos y con sus ladridos nos indica que tiene sed o cuándo quiere que le cierren el portón de la marquesina o que estacionen el carro de forma que pueda acostarse del lado del calorcito del motor.

De lo que no avisó fue de su preñez. Lo supimos un par de semanas antes cuando la llevamos a un examen veterinario por lo “amotetá” que estaba. Once satos parió. Once!!! Todos de pelaje negro, sabrá Dios de quién. Por tres meses tuvimos que compartir el interior de la casa -sin verja- con la perra, once cachorros y aparte, los  tres animales de dos patas que hemos criado por veinte años. Nadie quería aquellos satos que me hicieron insoportable el vivir, hasta que un día no pude más, y en un santiamén y a escondida de los nenes los monté  en el carro y los lleve a un refugio.

Cosa de no creerse. Por tres aguacates le cambié los dos cachorros más lindos a un chofer –tocayo de nombre y apellido- a quien conocí  llegando al lugar. Los quería para su casa de campo. (Ahora no me hagan sentir culpable. No volveré a hacerlo. Ya me regalaron un árbol de aguacates.)


Algún tiempo después, y luego de muchas restregadas de pisos y paredes, aquella casa pareció volver a la normalidad y de los cachorros sólo quedaron un par de  fotos de recuerdo... y un juguete de goma. 

Si algo raro puede pasarle a alguien, nos sucederá a nosotros. La Princesa empezó a cambiar su comportamiento. ¡Oh no, otra vez no!  Pero allí estaba ella, vagoneta, gimiendo, jadeando y pasando las horas sosteniendo para sí el dichoso juguete como si se tratara de un cachoro.

Ante la presión familiar pues la perra se veía de mal en peor, no me quedo más remedio que llamar al veterinario.

“Si quiere tráigala mañana, porque ahora por ser más de las seis de la tarde se considera una emergencia y de entrada son $100”, escucho al otro lado de la línea. Llamo a casa. Explico. Hay debate por teléfono.

 “Lo que tengo es un poco mas de $100 para pasar la semana”, aclaro en defensa del presupuesto familiar.

“Si se muere no quiero tener el peso de eso con los nenes por no llevarla a atender”, escucho a mi interlocutora, que es especialista en poner a uno “en tres y dos”, como se dice por ahí. Qué uno puede decir después de eso. Llevé a la perra con el juguete que no quería soltar y casi la mato allí mismo cuando el veterinario me dio el diagnostico. Y no, no estaba preñá.

“Lo que ella tiene es un embarazo imaginario.” O sea, que la perra estaba loca. 

“!Que qué usted me dice!”, pregunto agarrando la cadena con tal fuerza que le apreté el collar a punto de asfixiarla.
 “Cree que está embarazada y actúa como tal. Eso es todo. Está de psiquiatra. Le aconsejo que para no traumarla más le vaya retirando  poco a poco el juguetito o cualquiera otro que le recuerde los cachorros y verá que en dos o tres días se le quita ese comportamiento.”

 De psiquiatría estuve yo cuando me cobraron casi $200 entre placas, pruebas y medicamentos. Del tiro, allí mismo le boté el dichoso juguete al zafacón y de un tirón con la cadena quedó montada en el carro.


Súper Mario y Princesa…  Aquí los tengo, uno a cada lado, acostados junto a mí con sus respectivas cabezas buscando protección en mi cuerpo. Me tuve que sentar en el piso junto a ellos.

!!!Diez, nueve, ocho….!!!! 

Empieza el conteo y están muy pegados y no me dan oportunidad a moverme. No puedo hacerlo. No quiero desampararlos ni por un momento. Los acaricio, paso la mano sobre sus cabezas, sus orejas, paso mis dedos por sobre sus cuellos. Jadean. Observo su respiración. Es entrecortada, como si se les fuera a salir el corazón. Dios mío, se mueren. "SSsshhhh, ya va a pasar..." Era la primera vez que me daba cuenta de cuánto los quiero.

!!!Siete, seis, cinco…!!! 

Afuera, besos y abrazos. Son infructuosos los esfuerzos de los míos para que me uniera a ellos a disfrutar del mejor espectáculo de fuegos artificiales que se ha visto en mi calle con una privilegiada vista panorámica a los pueblos vecinos. Para los abrazos familiares siempre habrá tiempo. 

!!!Cuatro, tres, dos!!!

“El carnaval del mundo, gozaba y se reía”... y yo aquí con mis brazos ocupados, sin siquiera poder alcanzar el control remoto del televisor para acabar con la tortura de seguir viendo la banda de los Tigres del Norte que presentaba Don Francisco. 

!!!Las doce!!! ¡Feliz Año Nuevo, Súper Mario! ¡Feliz Año Nuevo, Princesa!


DE POR QUE NOE NO LLEVO SPANIELS AL ARCA


De pequeño, siempre me gustaron los animales, aunque no fue hasta adolescente que pude tener un perro, un enorme Gran Danés.  Bueno, ni tanto. Tuve pollitos. Me compraban uno, a peseta, en la Plaza. Me gustaban azules, como el Pollito Quiquiriquí, el del cuento del libro escolar. No tuve mucha suerte con eso. Uno murió sofocado por dejarlo al sol en una jaula. Otro ahorcado entre las patas entrecruzadas de dos sillas de la mesa del comedor. Lo descubrí por el hilillo de sangre. Traumática experiencia esa para un niño que se crió en casas sin patio.

Recuerdo que escuché cierta vez a mami decir que necesitaba una llave de perro. No dormía de la ansiedad, pensando que al fin me comprarían el cachorro. Mi madre, cruel para ciertas cosas, se disfrutaba el malentendido hasta que llegó el día en que supe que así se le llamaba a la herramienta que conocemos como llave inglesa. Fue lo más cerca que estuve de tener un perro.

Sin embargo, desde el balcón de aquella casa de infancia podía estar horas contemplando en el solar del frente a un enorme elefante… con cierta pena, porque mi abuela cruelmente me dijo que de ahí sacaban la carne vieja que tanto me gustaba.

Cada año, allí se anclaba el Circo Romano con su vejestoria carpa que cubría todo, menos al pobre elefante al que mantenían encadenado de una de sus patas a un árbol de tamarindo. Ahora que lo pienso, es la única experiencia que tuve que me envidiarían mis amigos criados en urbanizaciones.

Cierta vez se escapó el chimpancé de aquel circo, en aquella esquina de pueblo en donde no pasaba nada. Y en su huida, subió un poste telefónico pegado a nuestro balcón, a donde llegó balanceándose en los cables. Cuando me lo encontré de frente, casi en la sala de la casa, mi grito le hizo retroceder. Fue tal el susto que pasamos los dos, que prefirió bajar el poste y llegar a los brazos de su amaestradora, que le esperaba abajo, apartando la docena de curiosos y borrachones de esquina que rodeaban el poste.

El hecho es que me gustan los animales. Cómo no los voy a querer si he tenido que pagar la cuenta y medicamentos del diagnóstico de depresión que le dio  el veterinario a mi cockatiel criado a mano, cuando se lo llevé pensando que se había hecho daño por el golpe accidental con el pie que le dio la muchacha que nos ayudaba en la limpieza.




Ese amor por los animales lo hemos podido legar a nuestros hijos. Cuando eran pequeños, la casa parecía una granja. Además de mi perra Shitzu que se llamaba Laura Isabel, y 20 exóticos lovebirds, mis hijos tenían a Jelly, una gallina negra japonesa de las enanas y con una pollina alta; a Cuca, otra gallina roja ponedora que se creía perro faldero y que se montaba en los carros sin uno darse cuenta; dos patos con los que entendí a la mala el refrán “cagas más que un pato amarra’o”; dos iguanas, un par de conejos enanos y otro grisáceo grandísimo y Raúl  el gallo, al que le dio una ‘extraña costumbre’ de cantar por las mañanas y que fue el primero que tuvimos que dar de baja ante la insistencia de la vecina. Eso, sin contar los cobitos que cogíamos en la playa y a los que hubo que botar con todo y pecera cuando la peste a “pescao abombao”  invadió la casa por la mezcla de arena de playa, humedecida y los residuos de la comida de camarones secos.   

Aquel Síndrome del Arca de Noé terminó abruptamente una tarde lluviosa en la que en un santiamén nuestra población de animales se redujo a los 20 lovebirds y la perra, que se salvaron por estar dentro de la casa. Yo no vi lo que pasó, pero fue traumatizante para la tribu, que poco faltó para tener que llevarlos al psiquiatra, digo yo.

Me explico: mi casa está en una cuesta, por tanto en uno de sus laterales, las residencias tienen un nivel superior de terreno. Dicho esto, queda explicar que el patio de mi casa es bordeado por los muros de contención de terreno de las casas laterales y con la verja enrejada a los lados, los animales quedaban confinados en el patio trasero.

Aquella tarde llovía copiosamente cuando mi esposa llegó con mis hijos de la escuela. Al bajarse todos en la marquesina, sintieron la alerta de ladridos de la perra dentro de la casa y otros ladridos extraños que provenían del patio en donde se supone no hubiesen perros. Como les digo, llovía y tronaba.




¿Saben lo que pasa cuando uno le dice a un niño “no te mojes?”… Pues bien, los tres de casa asomaron la cara al patio bajo el aguacero y lo que vieron fue una masacre. A algún vecino se le soltaron dos cocker spaniels, que cayeron desde el muro de contención de la casa vecina al patio de la nuestra casa, seguramente atraídos el cacareo, y el cuac-cuac de la granja que teníamos con las catastróficas consecuencias.

En aquella escena criminal, entre el fango, la grama mojada y bajo rayos, truenos y la fuerte lluvia, aquellos perros hicieron trizas las gallinas, los patos, los conejos y todo lo que allí se moviera. Había plumas por dondequiera y la sangre se mezclaba con el agua. Y para remachar la orgia de sangre y mollejas, el cuerpo del pato con una pata, de la pata que se quedó sin el pato  y una que otra gallina con el pescuezo arrancado del cuerpo se podía apreciar.  Aquel patio parecía un guiso. 

En momentos como ése, siempre suena el teléfono. Sabrán que, a partir de las seis de la mañana mi suegra tenía un extraño ‘timing’ a la hora de llamar y no hace falta imaginarme a mi ensopada esposa tratando de atender la llamada con el aparato al cuello, mientras con una mano intentaba espantar a los perros que le gruñían y con la otra proteger a los nenes que mi suegra escuchaba llorar.

“Nena, que te pasa mi’ja que te oyes como asfixiá”, supongo que le diría, antes de que la hija le colgara gritándole y contándole a manera de telegrama la situación. En mala hora lo hizo.

Como pudo, la protagonista intentó sacar de patio con olor a muerte a los perros hediondos como alfombra mojada  que se escurrían para cualquier lugar, menos por la salida, al tiempo que agresivamente le sacaban los dientes.  Mientras, los niños lloraban traumatizados pero a salvo, aunque sin hacer caso al  ruego de “no se acerquen al patio, que pueden morder”.

Cuando ya nada más podía pasar, llegaron ellos. Los de SWAT o lo que sea que fuesen. Mi suegra, que  gritaba como Susa la de Epifanio, en circunstancias como esas, era capaz de movilizar al propio jefe del FBI y a medio cuartel general. Supongo que cuando la querellante indirecta –o sea, mi esposa- vio llegar a casa aquellos dos hombres con boinas negras, armados, con molleros a punto de estallar bajo la camisa y botas mojadas que dejaron la huella de sus pasos a lo largo de toda la casa recién mapeada, quedo bruta, sin idea.

Hombres así, grandes y abusadores, entran... y después piden permiso. “Recibimos una querella de una señora que nos dijo que sus nietos estaban en peligro por   unas fieras que ya les habían matado unos animales”, le habrá dicho el más grande de los dos. Eran dos, pero parecían cinco.

Supongo que cuando el del arma larga vio que las bestias de aquel escarceo que denunciaba mi suegra eran dos pequeños spaniels que pudieron coger al hombro moviéndoles la pequeña cola, habrá tenido deseos de apuntar con el rifle a mi esposa... ¡Y yo no estar allí!



“Señora, y estas son las fieras que usted decía”, le dijo el ‘bouncer’ enojado. “Yo no fui quien los llame”, fue lo más  coherente que pudo decir la mamá de los traumados niños. Ahora que lo pienso, pude haber titulado esto: "De por qué la suegra de Noé no tenía teléfono".

Yo, por mi parte, tengo la facilidad de borrar cinta de mi recuerdo de momentos como esos, en que estás ajorado en un cierre de edición en el trabajo y escuchas al teléfono a una mujer que lo menos que ha visto esa tarde es el cadáver de un conejo gacho, sin orejas, y que sin respirar te dice exaltada, casi en gritos:

“Ven-en-seguida-esto-es-un-caos-tengo-los-nenes-histéricos-llorando-y-llegaron-unos-mastodontes-armados-en-casa-bajando-con-sogas-desde-el-techo-mami-llamó-a-la-policía-porque-unos-perros-que-deben-tener-rabia-mataron-las-gallinas-el-conejo-grande-el-pato-y-los-conejos-enanos-y-parate-por-ahí-y-compra-algo-de-comida-que-no-he-tenido-tiempo-ni-de-mirar-asignaciones…”

"Y se me olvidaba: trae leche, que no queda”.