sábado, 5 de febrero de 2011

SUPER MARIO Y PRINCESA

A los amantes de tener amigos de narices frias

Mi sobrino mayor, antes de siquiera soñar con ser ingeniero, era loco con contarme las aventuras de “Mario Bro”, que rescataba a la Princesa en la primera edición del popular juego de vídeo con la música pegajosa… Jamás imaginé entonces que iba a tener en casa la versión perruna de aquellos personajes. 

En nuestro patio viven dos Retrievers –que son la nobleza en cuatro patas- con quienes comparten los tres ‘animales’ que tengo en casa. Comparten, insisto. Porque soy quien los baña, los peina, les limpia las orejas y todas las tardes les da agua y comida. 

A quién una mascota no le ha robado el corazón…? El macho se llama Súper Mario. Lo adoptamos con todo y nombre en la víspera del paso del Huracán Fiona. Quién me lo iba a decir… en la curva de los ‘50 y con los trillizos criados íbamos a adoptar… Su familia nos escogió al verse en el dilema de tener que irse a Miami y dejar al perro de tres años en casa de un policía que lo quería entrenar como can del escuadrón antibombas. 

Parece que Súper Mario no tiene reparos con las mayorcitas. Al llegar estuvo dos días ladrando a Princesa -de ocho años y hasta ese entonces dueña absoluta de los alrededores de la casa- en su empeño de olerle el fondillo y de paso, intentar trepársele encima. Dos días que Princesa no tuvo vida con el acosador, ni nosotros tampoco. 

Las feromonas estaban rebeldes. El hostigador macho trepaba paredes. Y la perra, “ni fu, ni fa” dándose todo el puesto que pudo. Mientras más el 'Cabro de Minga' le ladraba, más se protegía ella como podía. Llegó al extremo de pasar los días protegiendo el trasero, asomándose sólo de medio cuerpo en su casa en forma de iglú hasta para comer… Era lo más parecido a un disfraz de tortuga. 

Durante el paso del huracán hubo que llevarlos dentro de la casa en donde Princesa no pudo más y defendió con garras y dientes la virginidad que no tenía en una batalla campal en medio de la sala alumbrada con velas y linternas y ahora llena con huellas de patas enfangandas. Noche infernal, por cierto. Pero desde ese momento y hasta el dia de hoy viven en relativa calma: “Tú no me toques la tota y estamos en paz.”

Ojalá hubiese protegido con ese ímpetu el virgo que no protegió del sato que le hizo once cachorros que cagaron y mearon -como les dio gusto y gana- en la otra casa que no tenía verja…


Ya por la edad, Princesa, con su cara de blancas canas, es más sedentaria, más tranquila y pausada en sus movimientos.

Sin embargo, el Súper Mario es todo un personaje. Tiene fuertes ladridos de vigilante… y algo de gato. No en lo de trepar paredes, sino en sus dotes de cazador… pero de lagartijos. Camina a un par de pasos tras de mí cuando corto la grama para esperar que salga un lagartijo de entre los yerbajos. Y si tuviera garras, treparía el árbol de toronjas con tal de alcanzar la codiciada presa, aunque la mayoría de las veces opta por quedar petrificado por una hora de cara a  la esquina del muro del patio, como niño castigado- sentado pacientemente a esperar a que baje el dichoso lagartijo. Mi madre les huía como el diablo a la cruz. Pero –ironías de la muerte- cuando abrieron su ataúd en la funeraria un lagartijo atrapado salió de su interior. Ella hubiera sido feliz con nuestro perruno exterminador… 

Su capacidad de petrificarse como estatua nos ha dado un par de sustos. En las noches se ancla frente a la puerta de cristal que da al patio para mirar fijamente adentro de la casa. Sale uno a buscar algo en la nevera en medio de la oscuridad y… “Coñññooo! Qué susto me has dado, carajo!!!” Como un espectro, el reflejo de las pocas luces internas en el cristal dejan ver el fantasma del perro que me mira con esos ojos amarillos refulgentes resaltados por su curioso “eyeliner” negro.

Pero, por otra parte, Súper Mario me mata, cuando al recibirte se para y te abraza al cuello o te agarra el brazo con sus patas cruzadas en un movimiento que nunca le he visto hacer a otro perro. Saluda y abraza con la pasión de mi amigo Michael, el del abrazo asfixiante y los manoplazos quebra-espaldas.

 La Princesa también tiene su historia… La seleccionamos en la mañana de un domingo entre varios cachorros de una camada. La chiquita de casa quería un Retriever similar al que tenía la ganga de niños de una novela mexicana de aquel entonces. Esos perros son autodidactas. Aprendió lo básico que debe saber un perro de la convivencia con humanos y con sus ladridos nos indica que tiene sed o cuándo quiere que le cierren el portón de la marquesina o que estacionen el carro de forma que pueda acostarse del lado del calorcito del motor.

De lo que no avisó fue de su preñez. Lo supimos un par de semanas antes cuando la llevamos a un examen veterinario por lo “amotetá” que estaba. Once satos parió. Once!!! Todos de pelaje negro, sabrá Dios de quién. Por tres meses tuvimos que compartir el interior de la casa -sin verja- con la perra, once cachorros y aparte, los  tres animales de dos patas que hemos criado por veinte años. Nadie quería aquellos satos que me hicieron insoportable el vivir, hasta que un día no pude más, y en un santiamén y a escondida de los nenes los monté  en el carro y los lleve a un refugio.

Cosa de no creerse. Por tres aguacates le cambié los dos cachorros más lindos a un chofer –tocayo de nombre y apellido- a quien conocí  llegando al lugar. Los quería para su casa de campo. (Ahora no me hagan sentir culpable. No volveré a hacerlo. Ya me regalaron un árbol de aguacates.)


Algún tiempo después, y luego de muchas restregadas de pisos y paredes, aquella casa pareció volver a la normalidad y de los cachorros sólo quedaron un par de  fotos de recuerdo... y un juguete de goma. 

Si algo raro puede pasarle a alguien, nos sucederá a nosotros. La Princesa empezó a cambiar su comportamiento. ¡Oh no, otra vez no!  Pero allí estaba ella, vagoneta, gimiendo, jadeando y pasando las horas sosteniendo para sí el dichoso juguete como si se tratara de un cachoro.

Ante la presión familiar pues la perra se veía de mal en peor, no me quedo más remedio que llamar al veterinario.

“Si quiere tráigala mañana, porque ahora por ser más de las seis de la tarde se considera una emergencia y de entrada son $100”, escucho al otro lado de la línea. Llamo a casa. Explico. Hay debate por teléfono.

 “Lo que tengo es un poco mas de $100 para pasar la semana”, aclaro en defensa del presupuesto familiar.

“Si se muere no quiero tener el peso de eso con los nenes por no llevarla a atender”, escucho a mi interlocutora, que es especialista en poner a uno “en tres y dos”, como se dice por ahí. Qué uno puede decir después de eso. Llevé a la perra con el juguete que no quería soltar y casi la mato allí mismo cuando el veterinario me dio el diagnostico. Y no, no estaba preñá.

“Lo que ella tiene es un embarazo imaginario.” O sea, que la perra estaba loca. 

“!Que qué usted me dice!”, pregunto agarrando la cadena con tal fuerza que le apreté el collar a punto de asfixiarla.
 “Cree que está embarazada y actúa como tal. Eso es todo. Está de psiquiatra. Le aconsejo que para no traumarla más le vaya retirando  poco a poco el juguetito o cualquiera otro que le recuerde los cachorros y verá que en dos o tres días se le quita ese comportamiento.”

 De psiquiatría estuve yo cuando me cobraron casi $200 entre placas, pruebas y medicamentos. Del tiro, allí mismo le boté el dichoso juguete al zafacón y de un tirón con la cadena quedó montada en el carro.


Súper Mario y Princesa…  Aquí los tengo, uno a cada lado, acostados junto a mí con sus respectivas cabezas buscando protección en mi cuerpo. Me tuve que sentar en el piso junto a ellos.

!!!Diez, nueve, ocho….!!!! 

Empieza el conteo y están muy pegados y no me dan oportunidad a moverme. No puedo hacerlo. No quiero desampararlos ni por un momento. Los acaricio, paso la mano sobre sus cabezas, sus orejas, paso mis dedos por sobre sus cuellos. Jadean. Observo su respiración. Es entrecortada, como si se les fuera a salir el corazón. Dios mío, se mueren. "SSsshhhh, ya va a pasar..." Era la primera vez que me daba cuenta de cuánto los quiero.

!!!Siete, seis, cinco…!!! 

Afuera, besos y abrazos. Son infructuosos los esfuerzos de los míos para que me uniera a ellos a disfrutar del mejor espectáculo de fuegos artificiales que se ha visto en mi calle con una privilegiada vista panorámica a los pueblos vecinos. Para los abrazos familiares siempre habrá tiempo. 

!!!Cuatro, tres, dos!!!

“El carnaval del mundo, gozaba y se reía”... y yo aquí con mis brazos ocupados, sin siquiera poder alcanzar el control remoto del televisor para acabar con la tortura de seguir viendo la banda de los Tigres del Norte que presentaba Don Francisco. 

!!!Las doce!!! ¡Feliz Año Nuevo, Súper Mario! ¡Feliz Año Nuevo, Princesa!


DE POR QUE NOE NO LLEVO SPANIELS AL ARCA


De pequeño, siempre me gustaron los animales, aunque no fue hasta adolescente que pude tener un perro, un enorme Gran Danés.  Bueno, ni tanto. Tuve pollitos. Me compraban uno, a peseta, en la Plaza. Me gustaban azules, como el Pollito Quiquiriquí, el del cuento del libro escolar. No tuve mucha suerte con eso. Uno murió sofocado por dejarlo al sol en una jaula. Otro ahorcado entre las patas entrecruzadas de dos sillas de la mesa del comedor. Lo descubrí por el hilillo de sangre. Traumática experiencia esa para un niño que se crió en casas sin patio.

Recuerdo que escuché cierta vez a mami decir que necesitaba una llave de perro. No dormía de la ansiedad, pensando que al fin me comprarían el cachorro. Mi madre, cruel para ciertas cosas, se disfrutaba el malentendido hasta que llegó el día en que supe que así se le llamaba a la herramienta que conocemos como llave inglesa. Fue lo más cerca que estuve de tener un perro.

Sin embargo, desde el balcón de aquella casa de infancia podía estar horas contemplando en el solar del frente a un enorme elefante… con cierta pena, porque mi abuela cruelmente me dijo que de ahí sacaban la carne vieja que tanto me gustaba.

Cada año, allí se anclaba el Circo Romano con su vejestoria carpa que cubría todo, menos al pobre elefante al que mantenían encadenado de una de sus patas a un árbol de tamarindo. Ahora que lo pienso, es la única experiencia que tuve que me envidiarían mis amigos criados en urbanizaciones.

Cierta vez se escapó el chimpancé de aquel circo, en aquella esquina de pueblo en donde no pasaba nada. Y en su huida, subió un poste telefónico pegado a nuestro balcón, a donde llegó balanceándose en los cables. Cuando me lo encontré de frente, casi en la sala de la casa, mi grito le hizo retroceder. Fue tal el susto que pasamos los dos, que prefirió bajar el poste y llegar a los brazos de su amaestradora, que le esperaba abajo, apartando la docena de curiosos y borrachones de esquina que rodeaban el poste.

El hecho es que me gustan los animales. Cómo no los voy a querer si he tenido que pagar la cuenta y medicamentos del diagnóstico de depresión que le dio  el veterinario a mi cockatiel criado a mano, cuando se lo llevé pensando que se había hecho daño por el golpe accidental con el pie que le dio la muchacha que nos ayudaba en la limpieza.




Ese amor por los animales lo hemos podido legar a nuestros hijos. Cuando eran pequeños, la casa parecía una granja. Además de mi perra Shitzu que se llamaba Laura Isabel, y 20 exóticos lovebirds, mis hijos tenían a Jelly, una gallina negra japonesa de las enanas y con una pollina alta; a Cuca, otra gallina roja ponedora que se creía perro faldero y que se montaba en los carros sin uno darse cuenta; dos patos con los que entendí a la mala el refrán “cagas más que un pato amarra’o”; dos iguanas, un par de conejos enanos y otro grisáceo grandísimo y Raúl  el gallo, al que le dio una ‘extraña costumbre’ de cantar por las mañanas y que fue el primero que tuvimos que dar de baja ante la insistencia de la vecina. Eso, sin contar los cobitos que cogíamos en la playa y a los que hubo que botar con todo y pecera cuando la peste a “pescao abombao”  invadió la casa por la mezcla de arena de playa, humedecida y los residuos de la comida de camarones secos.   

Aquel Síndrome del Arca de Noé terminó abruptamente una tarde lluviosa en la que en un santiamén nuestra población de animales se redujo a los 20 lovebirds y la perra, que se salvaron por estar dentro de la casa. Yo no vi lo que pasó, pero fue traumatizante para la tribu, que poco faltó para tener que llevarlos al psiquiatra, digo yo.

Me explico: mi casa está en una cuesta, por tanto en uno de sus laterales, las residencias tienen un nivel superior de terreno. Dicho esto, queda explicar que el patio de mi casa es bordeado por los muros de contención de terreno de las casas laterales y con la verja enrejada a los lados, los animales quedaban confinados en el patio trasero.

Aquella tarde llovía copiosamente cuando mi esposa llegó con mis hijos de la escuela. Al bajarse todos en la marquesina, sintieron la alerta de ladridos de la perra dentro de la casa y otros ladridos extraños que provenían del patio en donde se supone no hubiesen perros. Como les digo, llovía y tronaba.




¿Saben lo que pasa cuando uno le dice a un niño “no te mojes?”… Pues bien, los tres de casa asomaron la cara al patio bajo el aguacero y lo que vieron fue una masacre. A algún vecino se le soltaron dos cocker spaniels, que cayeron desde el muro de contención de la casa vecina al patio de la nuestra casa, seguramente atraídos el cacareo, y el cuac-cuac de la granja que teníamos con las catastróficas consecuencias.

En aquella escena criminal, entre el fango, la grama mojada y bajo rayos, truenos y la fuerte lluvia, aquellos perros hicieron trizas las gallinas, los patos, los conejos y todo lo que allí se moviera. Había plumas por dondequiera y la sangre se mezclaba con el agua. Y para remachar la orgia de sangre y mollejas, el cuerpo del pato con una pata, de la pata que se quedó sin el pato  y una que otra gallina con el pescuezo arrancado del cuerpo se podía apreciar.  Aquel patio parecía un guiso. 

En momentos como ése, siempre suena el teléfono. Sabrán que, a partir de las seis de la mañana mi suegra tenía un extraño ‘timing’ a la hora de llamar y no hace falta imaginarme a mi ensopada esposa tratando de atender la llamada con el aparato al cuello, mientras con una mano intentaba espantar a los perros que le gruñían y con la otra proteger a los nenes que mi suegra escuchaba llorar.

“Nena, que te pasa mi’ja que te oyes como asfixiá”, supongo que le diría, antes de que la hija le colgara gritándole y contándole a manera de telegrama la situación. En mala hora lo hizo.

Como pudo, la protagonista intentó sacar de patio con olor a muerte a los perros hediondos como alfombra mojada  que se escurrían para cualquier lugar, menos por la salida, al tiempo que agresivamente le sacaban los dientes.  Mientras, los niños lloraban traumatizados pero a salvo, aunque sin hacer caso al  ruego de “no se acerquen al patio, que pueden morder”.

Cuando ya nada más podía pasar, llegaron ellos. Los de SWAT o lo que sea que fuesen. Mi suegra, que  gritaba como Susa la de Epifanio, en circunstancias como esas, era capaz de movilizar al propio jefe del FBI y a medio cuartel general. Supongo que cuando la querellante indirecta –o sea, mi esposa- vio llegar a casa aquellos dos hombres con boinas negras, armados, con molleros a punto de estallar bajo la camisa y botas mojadas que dejaron la huella de sus pasos a lo largo de toda la casa recién mapeada, quedo bruta, sin idea.

Hombres así, grandes y abusadores, entran... y después piden permiso. “Recibimos una querella de una señora que nos dijo que sus nietos estaban en peligro por   unas fieras que ya les habían matado unos animales”, le habrá dicho el más grande de los dos. Eran dos, pero parecían cinco.

Supongo que cuando el del arma larga vio que las bestias de aquel escarceo que denunciaba mi suegra eran dos pequeños spaniels que pudieron coger al hombro moviéndoles la pequeña cola, habrá tenido deseos de apuntar con el rifle a mi esposa... ¡Y yo no estar allí!



“Señora, y estas son las fieras que usted decía”, le dijo el ‘bouncer’ enojado. “Yo no fui quien los llame”, fue lo más  coherente que pudo decir la mamá de los traumados niños. Ahora que lo pienso, pude haber titulado esto: "De por qué la suegra de Noé no tenía teléfono".

Yo, por mi parte, tengo la facilidad de borrar cinta de mi recuerdo de momentos como esos, en que estás ajorado en un cierre de edición en el trabajo y escuchas al teléfono a una mujer que lo menos que ha visto esa tarde es el cadáver de un conejo gacho, sin orejas, y que sin respirar te dice exaltada, casi en gritos:

“Ven-en-seguida-esto-es-un-caos-tengo-los-nenes-histéricos-llorando-y-llegaron-unos-mastodontes-armados-en-casa-bajando-con-sogas-desde-el-techo-mami-llamó-a-la-policía-porque-unos-perros-que-deben-tener-rabia-mataron-las-gallinas-el-conejo-grande-el-pato-y-los-conejos-enanos-y-parate-por-ahí-y-compra-algo-de-comida-que-no-he-tenido-tiempo-ni-de-mirar-asignaciones…”

"Y se me olvidaba: trae leche, que no queda”.

martes, 18 de enero de 2011

LA CASA.... Y MI HOGAR

Siempre pasa lo mismo. Cuando el Departamento de Sugerencias Vacacionales de mi casa dictamina “okei, nos vamos pa’ Disney”, digo secamente  “paso”. Conmigo no cuenten.

Hace 23 años, pasé mi luna de miel allí. Pero la jefa de ese Departamento, que casualmente es mi esposa, se hizo fan y a los seis meses regresó y cinco meses después hizo lo mismo y pare usted de contar…

Tres veces, pasa. Diez, pesa, pero cuando ya vas por los veinte, ... ññooo!!! Los viajes se repitieron muy seguidamente pasando al día de hoy los veintitantos, ya sea por vacaciones, porque nos mandaban a una encomienda del  trabajo y por la mala suerte (que puntería) de alguna vez ganar un concurso de un viaje a que no saben a dónde.

He perdido la cuenta, pero hoy el “score” debe estar 25-1, sin contar con el viaje a Miami, una excusa para ir a parar a Orlando y por la vez que se nos ocurrió ir a Nueva York justo después de 9/11. Digo: “se nos ocurrió”, porque estaba casi sitiado y entre las medidas de seguridad y las atracciones cerradas no fue mucho lo que pudimos disfrutar. Si hubiesen escogido otros destinos vacacionales ya le hubiéramos dado la vuelta al mundo, he dicho siempre y me reafirmo. Dicho en tres palabras: Disney me apesta. Por eso cuando dicen inventar viajes, prefiero quedarme a pesar de los reclamos de “tú siempre me haces lo mismo”.  

Oportunidad única esa para dejar a la jefa con la espinita: “Dime cuándo vienes porque voy a planificar en casa la fiesta del clavito…” (todo el mundo deja la ropa en el clavito de la puerta de entrada).  Claro,  eso es de la boca pa’fuera…. Pero suena chévere decirlo.

La última vez que boicoteé el viaje familiar, se dio la casualidad de que se fue el agua en casa por casi una semana, justo cuando había planificado estar solo para dar unos retoques de pintura y hacer una limpieza a manguerazo limpio. Siempre sospeché el sabotaje. Como si fuera poco, en esos días me tumbó una gripe con fiebre de la llamada “rompehuesos”.

O sea, que ahí se fueron por la borda esos días perfectos que iba a pasar, con el televisor sólo para mí, sin interrupciones, dormir a pata suelta –literalmente- en una cama toda para mí con las ventanas abiertas y sin el maldito acondicionador de aire, mantener el fregadero limpio y las toallas en su sitio, con la casa ‘huelerosa’ a Lestoil y disfrutar del silencio y de una  tranquilidad total.


Ya la tribu de casa es casi una atracción en Disney, así que mientras disfrutaban de sus dos semanas de popularidad, yo en casa, con cubo y mapo –como pude- hice la planificada limpieza y cuando las fuerzas me daban, avanzaba con la pintura. Hasta que una mañana no pude más  por lo mal que me sentía, me tiré rendido al sofá, sin percatarme de que tenía el pantalón pintado… y  salté como resorte para limpiar el sofá, antes de que la viajera llegara y se diera cuenta de aquella mancha blanca en el sofá marrón.

Uno se hace el macho en medio de la soledad, pero al cuarto día, ya no me olían ni las azucenas y en el silencio sepulcral de las paredes de la casa vacía escuchaba el “Pa” de los nenes que no estaban  o sentía el olor a comida caliente de la casa vecina, comenzaba a extrañar que alguien te arropara y hasta peleaba con nadie.  Además, por si fuera poco, se me salían por las orejas los hamburgers, Chicken Bakes y Pizza Rolls, cortesía de Costco y Sam’s. 

Entonces, los llamé. Ellos sabrían que tarde o temprano lo haría. “Voy pa’ allá. Va para casi una semana que se fue el agua y tengo una monga que me mata…” Cuando se extraña, uno tiene que tragarse las palabras. Son ellos contra uno, y ellos son un equipo que lleva las de ganar… a pesar de las veces que juro que será la última vez que voy a Disney…

Como juré la  vez anterior, cuando  los dejé frente a un puesto de renta de autos en el aeropuerto. “No se muevan de aquí”, les dije mientras me disponía a entregar al carro de alquiler. Cuando regresé no estaban. Y por más que busqué, no los encontré. Se asusta uno porque no se explica cómo unos seres tan notables a simple vista pueden esfumarse así como así. Nadie había visto a la señora cargada de motetes con el gordito del globo y los dos coches de bebé y las no sé cuántas maletas. Confieso que me dio pánico recordar a “Frantic”, una película de Harrison Ford que había visto recientemente, en donde casi en sus narices desaparece su familia en un viaje vacacional en Francia.

Entré en crisis. Me encontré a un policía en bicicleta. Maravillado porque era la primera vez que veía a un guardia ciclista, en mi inglés goleta le conté, le juré y le perjuré que los había dejado allí, frente a Hertz.  “My family… kapiche, flup!, esfumándose, disappear”. Sin siquiera inmutarse me hizo señas de “follow me”, al tiempo que comenzaba a peladear. Aquel tipo, o vio mi cuerpo de deportista tan en forma o quería hacerme entender por las malas mi pésimo sentido de dirección. Como si yo no lo supiera…   

Me hizo trotar detrás de su bici por las afueras de medio aeropuerto de Orlando. El muy cabr... úfalo, de lo más fresquecito y yo con mi mochila en la espalda, jadeante, con la lengua por fuera, casi sin respiración, con dolor en el costado y bañado en sudor, llegamos a otro puesto de Hertz en donde finalmente los encontré, al lado opuesto de donde creí haberlos dejado.



Por eso, no me extrañaba que este encuentro –el de ahora- haya sido ridículo -diría yo- y digno de ser filmado para una serie de comedia familiar. Sucede que en ese enorme aeropuerto logro divisar a los míos que venían a recibirme. Fue por casualidad, cuando miro por el pequeño hueco de la pared hacia afuera al estacionamiento del Aeropuerto, en un pasillo por el que voy pasando. Ellos se veían pequeños, ante la distancia que nos separaba. Les grito: "ESTOYYY AQUIIIIIII!!!!!", pero como no me ubicaban por la dirección de los gritos me contuve, para no formar con eso un escándalo mayor en aquel pasillo. No quería abonar a la fama que tenemos los latinos. Entonces, les llamo por celular.

“Los estoy viendo, pero no sé cómo llegar a donde están ustedes”.

“¿Dónde estás?”.

“En un pasillo y los veo por un roto en la pared, pero aquí la pared tiene muchos rotos y no te puedo decir cuál es. Arriba de  este hueco por el que te veo, hay un rótulo de Air Jamaica”, fue lo ultimo que dije antes de que se agotara la batería del celular.

“Christian te va a buscar. Quédate donde estás”, oí que gritaban desde el otro lado. “Saca la mano para ver dónde estás”.

“AAAAQQQQUIIIIíiiii”, grito con todas mis fuerzas, mientras agitaba la mano por la ventana y cogiéndome el riesgo de que los guardias –que hace rato miraban como pegaba la boca contra aquel hueco en la pared para gritar- me aplastaran contra el muro.  (Es que no sé por qué la gente insiste en que parezco árabe).

“No te muevas que veo a Christian ahora justo debajo de donde me dices…”, escucho a mi esposa, con un tono como si se tratara de un rescate de vida o muerte.  Afortunadamente me consiguieron antes de que nos arrestaran a todos por alteración a la paz o encándalo público. Ya saben lo que dicen de nosotros, lo de acá: que somos cosa mala!!!

Esa fue la escena que le faltó a la película National Lampoon’s American Vacation, de Chevy Chase o que bien puede ser la idea para un capítulo de Modern Family. No es lo mismo explicarlo que vivirlo. Pero si usted, lector que me honra,  ha estado preso en una cárcel federal y tiene familiares que le saludan desde la verja sin saber en qué celda está, sabrá de lo que le hablo.

Poco más tarde, llegamos al apartamento vacacional, donde me esperan dos tylenol para bajar la fiebre, y unas chuletas fritas ya preparadas con arroz y habichuelas. Aunque le conozco bien, Orlando no es mi ciudad. Y el apartamento, por más comodidades que tenga, tampoco era mi casa que nos esperaba limpia y olorosa.

Y aquí viene el resumen de toda esta historia: Allí estaba mi familia y con eso bastaba. Sentía su calorcito y se veían felices. Allí estaba mi hogar.

martes, 11 de enero de 2011

DES-CONTROL-ADO


Hasta aquí llegó… De nada vale agitarlo o darle manigueta o cantazos, frotarlo contra la pierna, estirar el brazo… Ya no me da la sensación de seguridad cuando lo tengo en la mano.  Hasta hace poco, cada vez que lo agarraba fuertemente me hacía ver tan viril, tan macho,  tan… irresistible. Pero ya es el mismo…

Mi control remoto…, quizás mi último vestigio del poder que supuestamente tengo en casa.  El pobre ya no da pa’ más. No digo “se jodió”, porque hace tiempo había rendido la milla extra.

Pensaba en eso mientras esperaba la luz verde para llegar hasta la oficina de Cable TV para intentar cambiarlo.  Hacía días que la luz tenue  avisaba de que estaba en las últimas... Ya había que levantarse del sofá, dar tres pasos al frente y apuntar directo.

O si no, buscarle el ángulo… izquierda, derecha  y desde arriba, desde abajo. Funciona la técnica, créanme, pero no para esto.

Todos los hombres son iguales y en eso soy tan igual que los otros… de esos que ven  el control remoto como casi una prótesis… como tener el brazo derecho más largo que el otro. Y al mío, le había  dado, como se dice por ahí, como pandereta de aleluya.  

En mi intento porque reaccionara hoy casi lo pego a la caja de cable TV, pero me ganó. Dijo “no más”.  En dónde carajo este televisor tiene el botón de encendido…, pensaba esta tarde.  Estaba solo en casa. O sea, en total desamparo. Aunque nadie me crea, después de tres años con el mismo televisor no sabva dónde estaba el condenado botón. Estaba por creer que no lo tenía.   Y lo peor era someterme a la humillación de  tener  llamar por teléfono al sabelotodo de casa. Me lo imaginaba: “para eso tú me llamas”.  Bueno, era eso o esperar a que llegara alguno y mirar disimuladamente dónde se prende.





Por meses el control no tuvo tapa de la batería. Ahí empezó su odisea. Si no estaba uno pendiente  se le caían las baterías y ya usted sabe…. Hay una ley de Murphy, la de la caída de los cuerpos, que dice “cuando un objeto que puede rodar cae, volteara irremediablemente en la dirección del objeto más grande próximo a este y se detendrá en el bajo el centro geográfico del mismo”.  En la sala de mi casa, experimenté mil veces esa teoría o postulado o teorema, como se llame, con todo y sus variables dependientes, independientes y circunstanciales. Las baterías de mi control nunca fueron la excepción a la regla.  En un excelente y raro  ejemplo de iniciativa, alguien en casa resolvió el inconveniente poniéndole cinta adhesiva  para asegurarlas. Y eso, que no hablo de que el tiempo se detiene  cuando se pierde entre los cojines de los muebles y  hay que revolcar toda la sala hasta encontrarlo.

Ahora que lo veo detenidamente mientras espero el semáforo, ya en su teclado se han borrado los números… Para que será ese botón que dice “bypass” o ese de la ”m” … o  el de abajo, que no dice nada…

Tan feliz que era con aquel televisor Curthis Mathess en blanco y negro que nos crió en casa,  con sólo cuatro canales que había que  cambiar a mano y al que papi le había comprado la Rika-Antena para ver en Rikavisión. Sobreviviste Charlie y ahora te pones con esa comemierdería.

Bueno, llegó el momento. Ahora a  enfrentar mis temores. Es qué está tan maltratado que no me lo van a cambiar… Parece que todavía hay gente en la oficina del  cable y son las menos 5.  

¡Cómo que está cerrado! … Que me abran la puerta, que mi control está “descoñetao”…  Miren que mañana es feriado y después  es domingo…

¡Que ABRAN LA PUERTAAA,  carajo! No hagan que aquí mismo pierda el  CONTROOOLLL!!!!

***

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© Derechos Reservados Carlos Rubén Rosario 2011


lunes, 3 de enero de 2011

VERGUENZA AJENA

Le pasó a mi hermana, la chiquita, la loca de la familia  y a mi hijo, el mayor, que estaba con ella.

Compartiendo los mismos genes para los malentendidos heredados de mi madre, que está mirando las raíces de la grama en un cementerio de Bayamón, bien pudo haberme pasado lo que aqui relato. Les hago el cuento, como me lo contaron en la fiesta de Despedida de Año, cuando por poco me hacen convulsar.

Sucede que a mediados de diciembre  ella se llevó al de casa a Disney World. Como ustedes saben, las filas de las atracciones son en serpentina, de ésas que te brindan la ilusión de que se avanza, pero que si pusieran a la gente en línea recta, le daría tres veces la vuelta al planeta.


Los que han ido, saben que los minusválidos -y los carifrescos que se hacen para pasar con todo el familión de aprovechados-  tienen su fila aparte. Pues bien, estaban ellos en una de esas filas cuando se toparon con una señora en una de esas sillas motorizadas… Nunca me lo dijeron, pero me la imagino casi como la de la foto, jincha, regordeta,  sweater rojo rojisimo  y  un gorro de Santa. Mejor aún, una diadema de cuernos con cascabeles a lo Rudolph. Como digo, me la imagino. Que conste, no es la de la foto, que, confieso, ha sido alterada. 

Pues bien, la señora hizo la fila serpentina en su  sillón de ruedas motorizado, en el que demostró la poca práctica que tenía para ello. En cada curva, le daba con la palanca del manubrio pa’lante y pa’tras, pa’lante y pa’tras, pa’lante y pa’tras hasta que avanzaba a la otra curva con el mismo cuento, amenazando con tumbar más de uno de esos postes metálicos, que se quedan con el interior del banco cuando se caen. Supongo que llamó la atención de los de la fila, y motivando cuchicheos y molestias a los que coincidían con ella en las curvas, llevando a más de uno a guardar distancia, pero al parecer nadie la alertó de que podía avanzar  por la fila expreso.


“La señora hizo la fila serpentina en su sillón de ruedas motorizado, en el que demostró la poca práctica que tenia para ello. En cada curva le daba pa'lante y pa'trás, pa'lante y pa'trás, pa'lante y pa'trás" 

Pues bien, tarde o temprano tenía que toparse con los Rosario. En un intento por excusarse trató de ser amable intercambiando un comentario en inglés con mi hermana y mi hijo, los que ya habían sufrido los estragos de las peripecias de la doña. La hija de mi madre –quisiera decir mi hermana de crianza- buscó traducir el comentario con algo así como que la doña le dijo:  “Acha, loca. Esto ta’ cabr…”.

A mala hora intercambió miradas con mi hijo. A los Rosario-Pagán no le hacen falta palabras para comunicarse y a ellos que ya se habían imaginado a la doña cayendo sin control en el carro desde la fila al lago de la atracción, les dio pavera -a lo boricua-  delante de la señora, quien “indisgustada” (como decía alguien), poco  le faltó para   chillar las gomas al  alejarse de ellos.

Me imagino a mi sobrino, testigo del  momento y a quien para algo le han servido las clases de inglés en el Menonita, cuando con cierta vergüenza les dijo por lo bajo: “¿De qué se ríen?  ¿No entendieron lo que ella les dijo?...” "Y qué fue lo que dijo”, preguntaron, según me contaban esa noche por turnos con los ojos llorosos de tanto reírse.

“Que la disculparan, que ella no tenía mucha experiencia con el carro, pero que era eso o que le amputaran  las piernas!!!!”

!Upps, eso me pudo haber pasado a mí!

jueves, 16 de diciembre de 2010

EL VILLANO DE LA PELICULA

Se viró la tortilla.

Como saben,  cuando termino una historia, la anuncio  citando en mi espacio de comentario en mi perfil una de las líneas que incitan a la curiosidad del lector. Mi último escrito es anunciado en mi perfil con este comentario: “Se busca mujer sola para convivir. Se ofrece casa, etc.” Los que han leído la historia, saben que es copia textual  de un anuncio que se alude en la trama. En esas palabrerías que titulo ‘Retratos en el Tapón de las Seis’  hablo de este señor que pone el susodicho anuncio en las  ventanillas de su carro.

A que no saben qué. Ahora resulta que yo soy el carifresco y desesperado. Mi esposa estaba a mi lado y fue testigo de mi sorpresa cuando leí un mensaje dejado en mi buzón privado de una señora residente de South Carolina. Evidentemente, no oprimió el link que lleva a la historia, por lo que me escribe y les leo a ustedes:  

“Hola Carlos. Espero este bien. Cuénteme donde vive. La nota de que busca mujer para compartir, es usted u otra persona? Déjeme saber. Gracias. Su nueva amiga, (nombre omitido)."

¿Por qué a mí?. Así no era. No juego. Como diría Rubén Blades: “Yo no sé si soy yo, o el mundo que está al revés”.


© Derechos Reservados Carlos Rubén Rosario 2010